Chula 

Cuando encontré a Chula, Julieta y yo cumplíamos casi un año de no habernos visto otra vez. Yo iba con las bolsas de la compra, caminando bajo un sol de abril. Chula estaba corriendo de un lado a otro sobre la banqueta, moviendo muy rápido la cola, con la lengua de fuera oscilándole de un lado a otro del hocico. La vi venir hacia mí y pensé en detenerme porque vi que traía colgada una placa con datos, pero preferí seguir de largo. Lo hice durante unos instantes, pero al voltear hacia atrás, ella venía corriendo hacia mí, brincándome a las piernas y dando lengüetazos aquí y allá.

Me detuve, dejé las bolsas y me senté en el suelo. Una chica que cuidaba un negocio que se encontraba apenas a unos pasos, no nos quitaba la vista de encima. La tomé por el cuello y ella se inquietó pero se quedó a mi lado. Cogí la placa y leí un nombre: “Inés” y en seguida, un teléfono de casa. Llamé y sonó varias veces. Chula me veía con sus ojos negros de perro y me lamía las manos en un intento para que la soltara. La solté por un momento pero ella no se fue de ahí. A Julieta le gustaban mucho los perros. Cuando la conocí a mí ya no. De adolescente había defendido a Momo, mi perrito salchicha, de un rottweiller que lo había atacado cuando paseábamos por el parque. Todo sucedió en segundos. Apenas vi al rottweiller, me agaché por Momo, le crucé mi brazo en el cuello para protegerlo, cuando el otro perro ya me había mordido la parte anterior del brazo. Momo salió despedido por los aires y, después de un tiempo, se quedó ciego. Todo pasó muy rápido. La cicatriz todavía está ahí y después de eso, cuando veía perros, me daba comezón y un malestar estomacal muy cercano a las náuseas.

Hasta que conocí a Julieta y a Cleta, Mona y Chicha, volví a estar cerca de otro perro que no fuera Momo. La primera vez que fui a su casa, las tres me ladraron y Cleta se me aventaba a los pies mordiéndome los zapatos. Sentía vértigo cada vez que se me acercaban y le pedía a Julieta, de la mejor manera que encontraba al enfrentarme a ese miedo añejo, que las alejara de mí. Pero poco a poco empecé a visitarla frecuentemente y Cleta, Mona y Chicha me dejaron de ladrar. La comezón de la herida del brazo y el vértigo disminuyeron considerablemente, y al menos ya podía compartir un mismo espacio sin tener esas náuseas y ese picazón que me incomodaba cada vez que veía a un perro.

Cleta era una chihuahua sin un ojo que Julieta se había encontrado en la calle con la cavidad ocular sangrando. A las tres las había encontrado en la calle pero Cleta es la que más lastimada estaba cuando ella la sacó de esa vida. Se la encontró un domingo y la llevó a una veterinaria 24 horas. Estuvo varios días de gravedad pero al final, ella se recuperó. Al principio tenía mucho miedo y ni a Julieta se le acercaba, pero después de varias horas de intentar ganar su confianza, ella la olisqueó y le empezó a lamer la cara. A partir de ahí no se despegó de ella. A todos lados la seguía y gruñía si alguien se le acercaba. Pero se tuvo que acostumbrar a mí porque a medida que nuestra relación avanzó, yo empecé prácticamente a vivir ahí.

Cuando entró la llamada a la casa de Chula, me contestó una mujer que sonaba a ser mayor. Le dije que estaba con una perra enana y de ojos negros que me había encontrado en la calle y que quería regresarla. Me dijo que estaba muy cerca de ahí, que si podía llevarla a la casa. Supuse que ella era Inés. Le dije que sí, apunté la dirección y emprendí el camino.

A los seis meses de vivir juntos, Julieta estaba embarazada. Los sábados me tocaba sacar la basura y me enteré porque encontré en el bote del baño los restos de una prueba casera. Entré con la basura en la mano y le dije que si era suya. Estaba recostada en la cama pero se levantó de un salto. Tartamudeó varias veces pero dijo que sí y me la arrebató de la mano. Salí del cuarto y me fui al patio a fumarme un cigarro. Volví a entrar después de haberlo pensado bien. Le dije que la amaba y que quería tener un hijo suyo, que hiciéramos cita con un doctor para empezar a llevar el seguimiento. Pero ella no quería. Me dijo que no quería tener un bebé a sus 20 años. Que quería deshacerse de él lo antes posible. Que no quería ni niño y es más, que tampoco quería estar conmigo ya.

Me costaba trabajo empatar a las dos Julietas, a la que yo había conocido en el bar de un amigo, con el rostro dulce, los labios pintados de rojo y la sonrisa tan transparente y a la que yo amaba; con a la que, demacrada, de domingo, solo después de sentirse expuesta, levantaba la voz diciendo que no quería arruinar su vida teniendo un bebé mío. La personalidad está cubierta con máscaras diferentes que una y otra vez se desvelan ante nuestros ojos y ante los de los otros. A mí a veces me costaba reconocer a Julieta. También me costaba reconocerme cuando me miraba en el espejo de ese departamento diminuto y casi destartalado en la vecindad que vivía ella.

Mirarse en el espejo del otro puede volverse insoportable y para mí se volvió insoportable mirar a Julieta embarazada, demacrada y fumando sin parar, mientras yo me quedaba mudo sentado desde el sillón y Cleta, Mona y Chicha se arremolinaban alrededor de mí

Llegué a la casa en donde vivía Chula y toqué varias veces al timbre. Después de 15 minutos, una señora mayor me abrió y me hizo pasar. No estaba muy seguro de querer hacerlo porque la casa despedía un olor agrio a cigarro y yo desde que dejé de ver a Julieta había dejado de fumar, pero no pude negarme a la invitación. La señora insistió varias veces para que pasara a tomar un café en agradecimiento. Estaba muy feliz de haber recuperado a Chula y entre sus arrugas se escondían un par de lágrimas apenas perceptibles.

Chula se salió cuando ella abrió la puerta para recoger una correspondencia. La perra parecía adoptar un perfil sombrío cuando entró a la casa, pero tampoco se resistió demasiado. Iba al lado mío pero vio a su dueña y fue a lamerle la cara. Doña Inés llevaba viviendo ahí casi cuarenta años y desde hace uno, su esposo se había muerto y se había quedado a vivir sola con Chula. Sus hijas la iban a ver seguido pero pasaba prácticamente los días sola. Doña Inés prendía un cigarro con el que se estaba apagando y me sorprendí que a sus sesenta años y poco, pudiera seguir respirando. Mientras ella hablaba, Chula se echó junto a nosotros en la sala, en una cama que tenía a los pies de doña Inés.

Julieta me echó del departamento unos días después de lo de la prueba de embarazo. Intenté buscarla varias veces pero el teléfono me mandaba a buzón. Probé buscando a sus padres con la esperanza de que recapacitara pero ellos me dejaron solo. Yo tenía miedo de que en cualquier momento ella deshiciera de mi hijo como si le jalara al retrete. Me atormentaba pensar en el bebé sangrando y escurriéndole por las piernas, gritando “mamá, no lo hagas”. A veces me despertaba después de soñarla a ella con un cuchillo en la mano, dándose cuchilladas en el vientre.

La fui a buscar a su departamento pero tampoco abrió la puerta nunca. Le dejaba recados con la pareja que vivía en el piso de abajo pero ellos nunca me devolvían una respuesta. Dejé de ir a su edificio y me resigné a seguir sufriendo las pesadillas noche tras noche, pero ya sin esperar una respuesta de Julieta. Supe por un amigo suyo, con el cual hice buena relación, que se había ido a estudiar una maestría a Medellín y que había dejado a Cleta, Mona y Chicha con sus padres. Supuse que le había jalado al excusado y seguí soñando con Julieta dándose puñaladas, aunque con menos frecuencia. Seguí viviendo en el séptimo piso de un edificio en Tlatelolco. Veía la torre Latinoamericana desde la ventana y hacía un esfuerzo por despertarme por las mañanas luego de no haber dormido casi nada. Así pasaron muchas mañanas hasta que perdí un poco la cuenta del tiempo.

Doña Inés me hizo prometerle que volvería a tomar café a su casa pronto y volví a la semana y media. Chula me recibía moviendo la cola, yo le hacía una mueca y me seguía de largo. La señora me contaba de su juventud, de cuando era dependienta de Sanborns y había hecho muy buenos amigos. De cuando había conocido a su esposo y él le había prohibido que siguiera trabajando. De cómo tuvo tres hijas y todas estaban casadas. Una vivía fuera del país y era investigadora de una universidad y las otras dos estaban en la ciudad. Lloró cuando me contó la historia de cómo a Clara le pegaba su marido. Se le notaba el orgullo cuando mencionaba a Isela y su casa en las Lomas y sus tres sirvientas.

Ella se levantaba con dificultad pero era todavía completamente independiente. Aunque tenía una tos intermitente pero constante y un tanque de oxígeno al lado. Se levantaba a servirme una segunda taza de café y Chula iba atrás de ella. En esos días recibí un correo electrónico de Julieta preguntándome cómo estaba. Varias veces inicié la contestación pero apenas escribía un par de líneas, enviaba el mensaje a la papelera apenas tecleaba la última letra. Pensaba que todo se había quedado en silencio. Todo se había ido a negros de un momento a otro y no sabía cómo enfrentarme a esta otra Julieta, a la que estaba detrás de la computadora o del celular, escribiendo un saludo cordial como el que le escribes a un compañero de trabajo cuando le vas a pedir un favor. En Medellín, comiéndose un mondongo mientras veía pasar a esos paisas con voz cantarina.

Un tiempo después me llamó Clara, presentándose y pidiéndome si podía ir a casa de doña Inés. Llegué y Clara salió a recibirme. Busqué de manera discreta algún moretón en la cara o en los brazos, algún vestigio de que su esposo la arrastraba por todo el piso del departamento y luego la pateaba en el abdomen, pero no le vi nada. Se presentó y me dijo que le daba gusto conocerme, que su madre le había hablado mucho de mí. Traía un sombrero anticuado con un velo negro pegado que le cubría una parte del rostro. Me dio una carta en la mano y el plato y la correa de Chula. Chula olisqueó mis zapatos, me movió la cola y se sentó mirándome con sus ojos negros de perro.

Clara me abrazó, me dijo que daba gracias a Dios que su madre se hubiera encontrado con alguien que amaba a los perros tanto como ella. Que depositarían sus cenizas en un nicho en la funeraria que estaba cerca del parque. Me pasó en un papel el número del nicho, por si algún día quería irla a visitar y me acompañó a la puerta de la calle mientras Chula me olisqueaba los zapatos y me movía la cola al caminar.

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