Furia

Me volví a ir de viaje pero esta vez no me preguntaste por qué, ni me hiciste esa mueca de desagrado. Siempre que tomaba un vuelo, me preguntabas: “¿Cuándo tendremos tiempo para estar juntos?”. Te irritaba que viajara. Te irritaba casi todo lo que hacía. Muchas veces me pregunté por qué estabas conmigo.

Pero esta vez fue distinta. No te lo dije antes y me fui de viaje lejos. Será porque ya no estábamos juntos, pero cuando te enteraste que me iba me deseaste que me fuera bien. Sentí que fuiste sincero porque noté cómo se te hacían esos hoyuelos en los cachetes que se te hacen cuando sonríes, cuando me decías por teléfono: “Que te vaya bien, Mara. Te lo mereces”.

No estaba segura de merecerme nada, simplemente acepté el trabajo y decidí que era momento de dejar atrás. Es cansado, dejar atrás lo es, no por el mismo hecho de hacerlo sino por el recuento de todo lo que dejas. Hiromi Kawakami lo dice en Abandonarse a la pasión. El recuento de lo que dejé era largo pero aún así no reparé en todo lo que me dolería.

Casi 36 meses de embestirnos con furia. Muchas veces sabía que te lastimaría y aún así te preguntaba incisivamente sobre algún amigo tuyo y te hacía una mueca de simpatía. Sabía que te lastimaría y aún así te pedí que te alejaras un tiempo porque yo no estaba lista para compartir mi vida con nadie, mucho menos contemplaba hacerlo contigo. Pero otras veces no sabía cuánto te lastimaba, como aquella noche lluviosa en la que hicimos el amor una de las primeras veces y te dije que no me interesaba ir más lejos que eso.

Aun así, la primera vez que nos presentaron, sabía que no te dejaría alejarte de mí, que te aprisionaría entre mis muslos, de una o de muchas maneras, por siempre. Disfrutaba el hueco que se te hacía en los ojos cuando veías cómo me alejaba de ti cuando estábamos juntos en el trabajo. Te imaginaba formado en una fila inmensa, al lado de miles de huérfanos, en espera de la única ración de comida del día. Tú me escribías desde tu lugar y yo veía cómo tus dedos subían y bajaban en el teclado de tu computadora. Sabía distinguir cuando me escribías a mí porque veía el contraste de la luz blanquecina del monitor reflejarse en ese hueco inmenso que eran
tus ojos cuando te apartaba de mi lado.

Muchas veces me embestiste con furia. Llegabas a casa, me rodeabas con tus manos la cintura, me tirabas sobre la mesa del comedor y me bajabas los pantalones. Suspirabas y te mecías sin parar. Yo te rodeaba con mis tobillos el cuello, y tú me apretabas los muslos muy fuerte. Varias veces me dejaste moretones en las caderas que tardaron muchos días en quitarse, pero yo no me quejaba. Nos recostábamos en el sillón de la sala, te quedabas dormido, yo te echaba una manta encima y me ponía a leer mientras despertabas. Aprendí a distinguir, según el volumen de los ronquidos, qué tanto habías tomado ese día. No me molestaba tampoco que tomaras varios días a la semana. Así te había conocido y así te había dejado entrar a mi vida.

Cuando nos presentaron tú todavía estabas comprometido. Te casarías en seis meses. Me enteré porque tú me lo dijiste, en una de esas conversaciones iniciales disfrazadas todavía de detalles laborales y de pretextos para volvernos a ver. Te sentí inseguro y aproveché para decirte que no te casaras. No sé por qué lo dije. Supongo porque en ese tiempo todavía era lo suficientemente ingenua para tener la certeza de que podía controlarlo todo, incluso aquello que salía de ti. A los pocos días te separaste, y a pesar de que teníamos muy poco tiempo de conocernos, entendí la profunda influencia que tenía en ti.

No siempre hacíamos el amor en la mesa del comedor. Muchas veces lo hicimos en mi cama o cuando tuviste un lugar propio para vivir, en la tuya. Algunas otras yo me reclinaba hacia enfrente y tú me embestías brutalmente. A veces pensaba que sangraría, pero nunca me salió una sola gota. Al contrario, cuando terminábamos, me sorprendía húmeda y dilatada varios centímetros. Otras tú te quedabas de pie y a mí me sorprendía cómo tan delgadito y famélico, lo grabas sostenerme por tanto tiempo y haciendo movimientos tan bruscos.

En esos tiempos cuando estábamos juntos, comer no se te daba. A veces pasabas un día entero sin probar bocado. Yo me esforzaba por hacer que comieras aunque sea un taco, pero con solo mirar tus ojos tristes lo entendía en silencio y abandonaba el intento.

Entendí muchas cosas a través de tus ojos, como que el amor no se hace con el corazón roto ni con el alma vacía.

En esas noches, me abrazaba a ti y me gustaba jugar con el vello que tienes en el pecho. Hasta que despertabas y me preguntabas si nunca iba a dormirme.

Pero no siempre hacíamos el amor. Varias veces terminamos en mi cama pero ni siquiera me tocabas. Siempre tomábamos mucho pero en esos días no se te antojaba ni siquiera acercarte a mí. Te recostabas del lado que te tocaba, te quitabas los zapatos y apenas me daba cuenta, ya estabas roncando muy fuerte. Yo no tenía sueño. Varias de esas veces te sacudí para despertarte, y en una, lo logré.

Despertaste rápido, te levantaste, te pusiste los zapatos y te fuiste de mi casa.

Desde que te fuiste esa vez los días me supieron amargos. Me despertaba, me hacía el té y le echaba un poco de leche como siempre, perodejaba la taza sin tocar sobre la mesa. Cuando regresaba por las noches tenía que tirar al caño el líquido grasoso de la taza, y me iba sin cenar a la cama. A los cinco días te mandé un mensaje. Tardaste varios días en contestar pero volvimos a vernos tiempo después. Ocupaste el lado vacío de la cama y me volviste a embestir.
Nuestros días eran muy distintos entre sí. Un día íbamos a comer con mi madre y pasábamos el día fuera de la ciudad como si estuviéramos comprometidos y la hubiéramos visitado para darle nuestra invitación de boda. Después de eso, te decía te quiero, tú me decías que si me estaba enamorando era momento de parar lo nuestro y te desaparecías y yo no volvía a verte hasta varios días después. Con ligeras variaciones, pero así pasó varias veces. Otra vez quisiste presentarme a tu hermana y fuimos al teatro los tres y luego a cenar. Ella me preguntaba dónde había estudiado y de dónde me habían salido las ganas de estudiar historia. Ella era una buena persona.

Una vez, luego de haberte desaparecido varios días, me escribiste incisivamente pero yo no te contesté. Abría y cerraba el chat. Tú te dabas cuenta de ello y me reclamabas por estarte leyendo y no responderte a lo que me estabas preguntando. Yo menos te contestaba y me aguantaba la risa que me daba saber que cada vez te enfurecías más. Más tarde me decidía a contestarte y todo volvía a empezar. De manera cíclica y sin mayor meditación. Como al día le sucede la noche y como a la marea alta le sucede la baja y los días tranquilos.
Otro día me tocaba viajar y tú me repetías la misma cantaleta, que si yo me la pasaba viajando cuándo llegaría el momento en el que podríamos estar juntos. Y me despedías de mala gana, me llevabas al aeropuerto con una cara de enfado y me dabas un beso en la mejilla. “Que te vaya bien”, me decías. Pero yo sabía que deseabas que me fuera mal. Que no encontrara lo que buscaba en cada viaje para que resignada volviera a ti, unos días después.
Pero esta vez que me fui y me dijiste “Mara, que te vaya bien, que te lo mereces”. Fue distinto. Cuando te llamé y sentí en tu voz que se te habían dibujado esos hoyuelos en la mejilla, entendí que por fin todo se había acabado. Que nadie podría embestirme con tanta furia como tú lo habías hecho pero que no lo harías nunca más.

“Escríbeme, por favor”, te dije. Aunque sabía que nunca lo harías, me subí al avión y caminé 45 filas hasta llegar a mi asiento. Me alegré porque me había tocado del lado de la ventana, porque durante 12 horas, vería el cielo y el mar fundiéndose más allá del vidrio de ese Boeing 787.

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