Ese bálsamo que me hacía falta

Cuando lo conocí yo tenía 38 años y él 18. Ambos somos del 10 de enero y Capricornio. Yo me llamo Mariel y él se llama Daniel: una rima involuntaria en los nombres. Veinte años exactos. Una no escoge las coincidencias.

Veinte años fueron los que vivió mi perrita chihuahua Cuca antes de que se quedara ciega y le diera ese tumor por el que la tuve que sacrificar. Es el tiempo que los baby boomers –los padres de los millennials– suelen estar casados, para luego divorciarse y empezar a ser felices.

Veinte es el número de años que separaban a José José de ese joven amor, cuando cantaba con cuba en la mano que “40 y 20 y que no le importaba lo que dijera la gente”.

 En fin,  20 años no son una cosa sencilla cuando eres casi una cuarentona y uno de los mejores amigos de tu sobrino se aparece en tu casa, con sus rizos rubios y sus ojos de pantera, durante varios meses, casi todos los días de la semana.

 

  Todo nació de la pena que me daba que el chico se quedara viendo la TV sin cable

 

Suena ingenuo de mi parte, pero todo nació de la pena que me daba que el chico se quedara viendo la TV sin cable. Con lo tecnológicos que son los jóvenes hoy… y yo con una televisión cuya antena maltrecha sólo transmite los seis o siete canales vomitivos de la televisión nacional.

Creo que ni siquiera lo había notado en realidad, porque me la paso corrigiendo textos frente a la computadora. Cuando suelo prender el aparato, lo único que veo son documentales o películas de AlmodóvarAdemás, las tengo todas en DVD así que ni siquiera usaría el cable para eso.

 

En fin,  con el chico tocando la puerta casi diario, empecé a darme cuenta de lo necesaria que era la televisión para abrir conversación.

El mozuelo en cuestión venía a ver a mi sobrino a casa y  esperaba a que terminara su entrenamiento de futbol. Se sentaba en la sala y prendía la televisión para hacer tiempo a que Gustavo llegara. Yo le ofrecía un refresco o un vaso de agua y me quedaba con él conversando en la sala porque me apenaba que se quedara tanto tiempo esperando solo.

 Dejaba la computadora cuando él llegaba (casi siempre trabajo en casa y muy pocas veces me aparezco por la oficina) y me sentaba a conversar con él. Al principio más por ese apuro -de que él se aburriera viendo tan pocos canales- que por curiosidad o por cualquier otra intención. Al menos hasta ese momento.

Mi sobrino salía a las cuatro de la tarde de entrenar y solía llegar a las cinco, pero a veces tardaba un poco más, por aquello del tráfico. El chico solía llegar también a las cinco de la tarde porque su madre tomaba clases de flamenco muy cerca de mi casa y aprovechaba para dejarlo antes de la clase. Alguna vez los escuché platicando sobre la nacionalidad española de la madre (era del sur, al parecer) y de lo poco que ella se había adaptado a vivir en México.

Él siempre tocaba a la puerta. Cuando Gustavo llegaba, yo me levantaba de la sala y lo dejaba con mi sobrino. Hacían tareas y jugaban videojuegos también.

 Así sucedió durante varios meses, durante los cuales pasé de abrirle la puerta con amabilidad a esperar ansiosa a que dieran las cinco para que el niño de rizos rubios y ojitos verde olivo entrara y se sentara en la sala desgastada. Las cosas se gestaron poco a poco, como cuando dejas prendida el agua y vuelves de cuando en cuando para ver si ya hirvió.

 Si me preguntan qué es lo que más me gustaba de él, no sabría decirlo con exactitud, pero amaba esa curiosidad que sentía por todo. 

Esa curiosidad que lo orillaba a preguntarme una y otra vez cosas sobre mí, sobre mi trabajo, sobre Gustavo, sobre cómo la habíamos pasado durante los años de ausencia de su madre.

Varias veces lo sorprendí mirándome, discreto. Eso sí, muy discretamente porque se veía que su madre le había dado una muy buena educación.

En fin, esa hora que Gustavo tardaba  era para mí un bálsamo que reconfortaba a una soltera de 38 años como yo: una tía que criaba desde hace 10 años al hijo de su hermana, mientras ella vivía en una playa de Sayulita, dormía en una hamaca, se metía unos pasones de antología y tenía sexo colectivo en una comuna hippie.

No me malentiendan, no estaba ni un poco aburrida de criar a Gustavo. Verlo crecer ha sido una de las grandes aventuras de mi vida. Pero hacerme cargo de él me ha dejado tan poco tiempo para escogerme algún  novio, que desde hace un par de años he dejado eso por la paz y he preferido concentrarme en escribir historias y  contestar cartas de amor. Ese bálsamo venía a engrasar los engranajes que desde hace mucho estaban detenidos, a la espera de una señal.

sombra de pareja

 …

No puedes hablar de muchas cosas con un chico al que le llevas 20 años . El intercambio oscila entre una conversación cotidiana y una narración de experiencias pasadas. Creo que ejerciendo ese instinto casi materno que me hizo desarrollar Gustavo, la plática conlleva cierta moraleja para que el chico no cometa los mismos errores, aunque también involucra una cierta reflexión.

Cuando cuentas las anécdotas que envolvían tu vida a los 18 años, bendices que nunca más vas a encontrarte en un bar de ficheras a la vuelta de Garibaldi, con un vaso de vodka en la mano, cantando “Pásame la botella” y haciendo calipso con los amigos de tus amigos… porque ellos  decidieron dejarte para que te la siguieras sola.

 Recuerdo que hace muchos años, cuando tenía esa edad,  el doctor de cabecera de mi familia me contaba –mientras me curaba el dedo gordo luego de que se me cayó la uña por tropezar borracha– que la adolescencia era un pantano que se debía atravesar sin ensuciarse. Yo trataba de descifrar a qué se refería con lo de “no ensuciarse”, porque si eso implicaba el no emborracharse o no tener sexo de pie en la cocina mientras mis padres estaban en su habitación, yo ya estaba chacualeando en el lodo.

 Yo trataba de determinar a qué se refería con “no ensuciarse”, porque si eso era no emborracharse o no tener sexo de pie en la cocina mientras mis padres estaban en su habitación, yo ya estaba chacualeando en el lodo

Daniel tenía la misma edad que la Mariel de ese tiempo, así que eso avivaba nuestras conversaciones. Quería saber sobre lo que yo escribía y me preguntaba constantemente cómo es que podía responder a todas las consultas que me enviaban mis lectores. Me dijo que, muy probablemente, saliendo de la preparatoria estudiaría periodismo o letras porque le gustaba leer mucho.

Tengo una columna anónima en un periódico de medio pelo en la que me dedico a responder los cuestionamientos que le surgen a obreros, trabajadores de confianza, oficinistas y demás gente que lee a la Doctora Jiménez con la esperanza de recibir píldoras para el corazón roto en forma de recomendaciones. Yo me imagino escribiendo recetas y recomendaciones como lo hace aquel publicista que redacta la parte de atrás de los cereales.

Me llegan cartas de todo tipo:


Doctora Jiménez:

Desde hace varios meses mi marido llega a la casa muy tarde por la noche, apenas me dirige la palabra y también tiene ya mucho tiempo que no hacemos el amor. Le pregunto si pasa algo y él me da un beso en la frente, me sonríe y me dice que no. Yo creo que debe traer algún pendiente, pero no sé qué hacer para ayudarlo. Ojalá pueda darme consejo.

-Mari


Pobre Mari.

Leo las cartas de una manera tan rápida que por la manera de iniciar casi puedo adivinar con certeza en qué van a acabar.

 

No supe cómo decirle a Mari de la manera más amable que le estaban poniendo los cuernos y que su esposo cada noche regresaba a meterse a su cama luego de cogerse a su asistente, a su amiga de la infancia o a cualquier culo que le esté haciendo ojitos.

Mari, lo siento, pero más vale que le cambies la cerradura.  Ese borracho no merece estar a tu lado, porque él –y no ella ni tú, ni nadie más– tiene la culpa de estar remojando la brocha en otro lado.

Por supuesto, mis contestaciones siempre distan mucho de lo que a mí me gustaría decirles en verdad a mis lectores.


Mari:

Las acciones de tu marido apuntan a que muy probablemente está viendo a alguien más. Ten cuidado porque a lo mejor te lo están sonsacando. Pon en claro lo que sientes y luego busca un momento propicio para platicarle tus sentimientos y cómo te sientes con respecto a la relación. Estate tranquila mientras hablas y eso sí, no le des tiempo para titubeos.

(Y así siguen mis recomendaciones, tengo media plana para descoserme entre consejos y reflexiones…)

Atentamente, Tu Doctora Jiménez

 

La doctora Jiménez es una especie de terapeuta recatada que de pronto se suelta el pelo y da consejos entre románticos y picarones. Realmente creo que no dista mucho de ser quien soy yo, sólo que para hacerlo más interesante le pongo un pseudónimo. Las situaciones que mis lectores me cuentan son de lo más variadas y, a la larga, leer los problemas amorosos del resto puede provocarte una sensación de vacío, que poco a poco va disminuyendo la confianza en la raza humana.

Infieles, mentirosos, desesperanzados, mediocres, masoquistas, coprofílicos, deprimidos. Los seres humanos vivimos el amor de maneras tan distintas pero también tan sorprendentemente parecidas.

Leer los problemas amorosos del resto puede provocarte una sensación de vacío que poco a poco, va disminuyendo la confianza en la raza humana.

Estimada Doctora Jiménez:

Creo que mi esposa está enferma o algo porque cada noche tiene ganas de hacer el amor varias veces, no sé cómo ponerle un alto porque me pone incómodo. Por las mañanas también ella me dice con palabras muy fuertes (que no me atrevo a escribirle) que quiere tener intimidad conmigo, pero yo siento que eso no se debe hacer seguido porque eso se hace casi solo cuando uno quiere tener descendencia. Cuando yo accedo, ella se contonea en muchas posiciones y yo no puedo hacer otra cosa más que sonrojarme. Me da mucha pena escribirle, pero, ¿Qué hago?

Gracias doctora, quedo a la espera de su respuesta,

El amante apenado

A ver, amante apenado ¡carajo!

Muchos hombres se quejan de sus mujeres en la cama por actuar más como una estrella de mar cuasi muerta y tendida en la cama que como una pareja sexual con el más mínimo buen desempeño, y tú estás lloriqueando porque tu esposa es una mujer saludable a la que le gustas tanto como para haberse casado con el puerco entero por el gusto de poder comerse ese chorizo una y otra vez.

En fin, ya dije que no suelo escribirles a mis lectores exactamente lo que pienso.


Querido amante apenado:

Me parece que no tienes de qué preocuparte. Tu mujer te ama y está loca por ti, aprovecha para dejarte consentir y apapachar. Ámala, busca también complacerla y aprovecha para tomar tu matrimonio como la más hermosa aventura de vida. Supera esa pena que no te deja ser en plenitud ese hombre valiente que en verdad eres…

Tuya, la Doctora Jiménez

 

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Aún así, mi trabajo me gusta y al final, la columna y algunos otros textos del estilo para ese periódico de medio pelo pagan las cuentas principales.

Los libros en los que yo escribo de manera fantasma generan el dinero necesario para pagar la colegiatura de Gustavo y para irnos ocasionalmente de vacaciones.

Mi trabajo me divierte. La columna y algunos otros textos del estilo para ese periódico de medio pelo pagan las cuentas principales. Después de que su madre nos dejó atrás, tuve que duplicar mi carga de trabajo, pero me acostumbré muy rápido a abandonar los intentos de ser escritora que de lleno emprendía sin éxito una y otra vez antes de que ella se fuera.

¿Cuándo fue la última vez que tuve sexo? ¡Ah, sí!, cuando me encontré a mi ex en un viaje de trabajo y terminamos cogiendo en mi habitación. Esa vez perdí los estribos y estuve a punto de abofetearlo y correrlo de mi habitación porque al final me confesó que tenía novia.

De aquel encuentro con mi ex ya han pasado como tres meses. En fin, ahora eso es lo de menos.

Mi cabeza se volvía un remolino de hojas en otoño en esas tardes en las que me quedaba sola con Daniel. Estos pensamientos y otros revoloteaban mientras yo recogía la mesa. Daniel hacía como que me escuchaba hablar de mi trabajo mientras le cambiaba a los canales de manera intermitente. Yo volteaba la vista y fingía no ver cómo sonreía y cómo sus ojos bailaban de la tele hacia mí y viceversa.

Una de las veces en las que estábamos más parlanchines fue cuando Gustavo no llegó a las cinco de la tarde como solía hacerlo. Mandó un mensaje para avisarnos que ya estaba por llegar, pero había olvidado su maleta de entrenamiento y tenía que regresar al campo. Una hora más con la televisión prendida en alguno de los siete canales locales, mientras Daniel y yo nos retorcíamos de risa en la sala.

 En una de esas le pregunté si tenía novia y él me dijo que no. Al final, una novia de 18 años hubiera sido lo de menos, pensé. Entre risas y más risas, él me hacía una pregunta tras otra.

En eso recordé una dinámica de la que un lector me había preguntado alguna vez: una metodología práctica que buscaba generar proximidad entre dos a través de 36 preguntas, es decir, que a través de estas preguntas dos extraños podían enamorarse.

El experimento lo llevó a cabo un psicólogo estadounidense llamado Arthur Aron hace 21 años en la Stony Brook University, en Nueva York. Consistía en sentar frente a frente a un hombre y una mujer  en un laboratorio –al cual ingresaban por puertas separadas– y pedirles que respondieran una batería de preguntas que se tornaban cada vez más íntimas. Luego, unos pases mágicos, mirarse en silencio fijamente durante cuatro minutos y listo. La dinámica en total duraba 45 minutos. Seis meses después, los que comenzaron siendo unos extraños se casaron.

Por un momento, pensé en intentar el experimento con él. La idea me divirtió de inicio y me horrorizó después.  ¿El amor realmente puede provocarse con 36 preguntas?

Sentí esas cosquillas en el estómago que aparecen segundos antes de que empiece la montaña rusa. Hice memoria para recordar la primera pregunta del experimento. El estudio me lo había leído completo.

–Daniel, si pudieras elegir a cualquier persona en el mundo, ¿a quién invitarías a cenar?– le dije mientras preparaba sandwiches.

 La pregunta me salió antes de que pudiera retenerla en mi cabeza.

 –¿Cómo?– preguntó extrañado.

–Sí… si pudieras elegir a cualquier persona en el mundo, ¿a quién invitarías a cenar?–, le repetí y le sonreí.

 Se quedó pensando unos minutos.

 Un chasquido de llaves. Gustavo venía con la maleta colgando en el hombro y maldiciendo.

 -¡Hola, niño!–, le dije tratando de que mi tono sonara lo más ordinario posible.

 -Hola, Mariel, ¿recibiste mi mensaje? No me contestaste nada. Dejé la maleta en el entrenamiento y tuve que regresar.

 Se acercó y me dio un beso. Salió de la cocina y estrechó la mano de Daniel.

 Les dejé los sandwiches en la mesa y me metí a mi habitación.

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Tenía cerca de un mes de no ir a la editorial en la que trabajo de escritora fantasma, así que apenas amaneció, me levanté y  me fui al gimnasio a toda prisa para regresar a bañarme y poder llegar a mi cita de las once.

 Cuando llegué, la oficina de mi editora estaba remodelada. Ella había salido por un momento, pero Caro, su secretaria, me había hecho pasar para esperarla. Había varias fotos. En varias había dos niños rubios, uno un par de años más grande que el otro. En una, ambos lucían un uniforme de futbol verde, en otra estaban vestidos con un traje de corto, con todo y sombrero de ala ancha, el traje más típico de la región andaluza. Ambos niños tenían ojos verdes.

Las dos fotografías estaban en el escritorio, una en un extremo y la otra en otro. Por más que hice memoria, no recordaba que Almudena, mi jefa, hubiera tenido ninguna clase de fotografías en su despacho, pero supuse que formaba parte de la remodelación.

Cuando volteé a la pared vi la foto de uno de los niños rubios, en solitario, mirando a la cámara y sonriendo. Sentí cómo la boca se me secaba y lo que traía en el estómago se me hacía agua. Fue como apagarle el fuego a ese pocillo de agua que ya llevaba unas semanas hirviendo.

La mamá española y aficionada al flamenco y al Betis de Sevilla (de ahí el uniforme verde de los niños de la fotografía) que llevaba a Daniel a casa en las tardes era la misma que me lanzaba esos correos pidiéndome avances del libro de manera anticipada,  muy a pesar de tener una fecha de entrega fijada para dos semanas después. Aquella mujer que convocaba a varios escritores como yo y les encargaba una edición como se le encarga un trabajo sucio a varios asesinos a sueldo.

Lamenté no haberme asomado alguna vez por la ventana, cuando él se bajaba del auto que lo dejaba en la puerta de mi casa.

 Treinta y ocho años y él 18. Ambos del 10 de enero y Capricornio. Mariel y Daniel. Una rima involuntaria en los nombres; veinte años exactos. Las coincidencias no existen. Treinta y ocho años y confundir el amor con las ganas de ir al baño.

Ya lo dije, no siempre digo lo que pienso.

–Que bonitas fotos– le dije a mi editora cuando entró muy apurada a su oficina.

 –¡Sí! Son mis hijos, decidí por fin traerme las fotos porque ellos ya están grandes y odian verlas en la sala.

 Se sentó y empezó a hojear rápidamente los papeles que tenía en el escritorio sonriendo, pero sin voltearme a ver a la cara.

 Regresé de la editorial a mediodía y abrí el archivo de un cuento que tenía entre mis pendientes, uno que había olvidado hace bastante tiempo. Después comí algo sencillo y me senté a ver la televisión. El timbré sonó a las cinco de la tarde. Abrí la puerta, di las buenas tardes, dejé prendido el aparato, entré a mi habitación, cerré la puerta y me senté frente al escritorio una vez más.

Ese bálsamo vino a engrasar los engranajes que desde hace mucho estaban esperando una señal y empecé a teclear.

 

NOTA: Este texto fue publicado originalmente en www.chidas.mx, si quieres leer el original, da clic aquí

 

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