Mi añoranza eres tú

 

 

El reloj del parabús situado en la calle Bretón de los Herreros, en el barrio de Chamberí, marcaba las 7:17 de la madrugada. El muchacho, envuelto en un letargo producido por el estupor de una noche de copas, esperaba sentado, mirando desesperadamente el reloj. Faltaban sólo trece minutos. Trece minutos se atravesaban entre él y la voz que ansiaba le contestara al otro lado del teléfono. O al menos, eso ansiaba él, que ella por fin accediera a contestarle el teléfono y a aceptar por fin sus disculpas. Trece minutos lo distanciaban de un continente y de la voz de ella, a la cual extrañaba de una manera tan intensa que nunca había podido siquiera imaginar.

 Sus ojos pesaban y el sueño aguijoneaba gélidamente cada vértebra de su espina dorsal y recorría su cuerpo, enfriando las manos y los pies hasta el punto en el que con dificultad podía sentirlos parte de sí. Pero el deseo que en ese momento se le colaba en las entrañas no sucumbía y le apesadumbraba todos los anhelos que aún le faltaban por cumplir en Madrid.  

 Había pasado casi una hora y media desde que el cantinero le había servido el último vaso de cerveza y le había expulsado de un taberna situada en la calle de San Marcos, en el barrio de Chueca, uno de los más concurridos. Había caminado durante unos minutos sin rumbo para después subirse descuidadamente a un autobús que lo llevaría a una cuadra del departamento, en el que por distintas circunstancias, había caído después de huir de su país.

Huir. Huir como si fuera un fugitivo. Huir como lo hacían los espías de las películas que le gustaba ver de niño. El muchacho había salido de la ciudad en la que vivía luego de que sus padres intentaran que él estudiara contaduría y se casara con la hija de sus padrinos de bautizo. Él no quería ni estudiar contaduría ni casarse con su prima postiza, pero renunció sin oponer resistencia activa.

Un día se despidió de todos, fue a la casa de la mujer que amaba, le dio un largo beso y le pidió anticipadamente que lo perdonara. Fue al banco a sacar sus ahorros y les dijo a todos que volvería pronto. Ese “pronto” ya se había prolongado casi un año y parecía que se prolongaría varios años más, hasta que él pudiera matricularse en alguna institución que le permitiera continuar tocando la guitarra y terminar alguna carrera relacionada. Bien se lo había dicho su papá: La música no es un asunto fácil. Por el dinero no estaba tan preocupado pues entre sus ahorros y su sueldo de mesero, le alcanzaba para lo indispensable.

Se sentó y aguardó afuera del locutorio cerrado, refrescándose con un trago de la lata de cerveza que aún guardaba en su chamarra. Primero esperó paciente para después, con el transcurrir del tiempo y el término del licor, comenzó a arañarle violentamente los minutos al reloj, deseando que la distancia fuera sólo un mal sueño y que una vista panorámica de su ciudad se le postrara ante los ojos en cuanto la puerta del locutorio abriese y la bocina del teléfono se le ofreciera como un gran tesoro. 

Pero el locutorio permanecía cerrado y aquellos trece minutos le parecieron largas horas de desengaño, de cruel espera en la que se recriminaba la ingenuidad de creer que la distancia lo cura todo y que es mejor la soledad en terruños ajenos, que la podredumbre en tierra propia.  Una lágrima le laceró el rostro y le escurrió por la mejilla, sintió que le corroía el rostro como hace el ácido a algún metal cubierto de pátina. Sintió la piel reblandecida por el tiempo que llevaba lejos, bebiendo e internándose en toda clase de tugurios, intentando ganarle una carrera ciega a la inmundicia que se empeñaba en seguirle los pasos. Intentaba huir de una tormenta sin darse cuenta que la tormenta era sí mismo, tal y como el joven llamado Cuervo le dijo algún día a Kafka Tamura.

La luz matinal bordeaba, púrpura y tímida, los edificios del barrio. El ruido de los automóviles que transitaban por el Paseo de la Castellana lograba apuntalar sus oídos y detonar despiadadamente la resaca que ya podía advertírsele en los violáceos párpados, que le pesaban tanto como sus desesperados intentos por mantenerse erguido en el asiento.

Poco a poco su ciudad fue mostrándosele en la mirada, cálida y tropical, con el horizonte clavado en las aguas de mar, azules y rebosantes; con las casitas pequeñas bordeando el muelle y los autobuses destartalados transitando en las pequeñas avenidas. La imagen fue envolviéndole poco a poco como suave bruma.

Todavía estaba oscuro y apenas una luz violeta anunciaba la salida del sol de invierno de Madrid. Los trece minutos transcurrieron y la lata que sostenía en la mano cayó violentamente al suelo, emitiendo un estruendo que hizo que los ojos de la colombiana que se disponía a abrir el locutorio se clavaran en el bulto maloliente que yacía en la banca de enfrente, roncando.

–Otra vez tú. –Musitó y sonrío con una mueca que soltó un suspiro. Su mirada acompañó al muchacho a través de la distancia que le separaba de su ciudad y de su añoranza y nostalgia.

Sonrío en sueños. Mientras, sostenía el auricular y escuchaba el timbre del teléfono en varias ocasiones. Oyó la voz de ella en lontananza.

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