La estrategia del “apretón” que desencadenó en amor

 

 

A algunas las convencen con flores, a otras, con canciones. A mí me convencieron con “It could be sweet” de Portishead de fondo, cinco cervezas y con el tacto de un bulto escondido debajo de un cierre de pantalón.

Podría no estar orgullosa del método de convencimiento, pero a mi favor tengo que decir que lo que toqué en ese momento era inmenso. Vaya, no me cabía en la mano y hacía que mis deditos de salchicha coctelera se vieran todavía más pequeños abrazando aquel promontorio que se le abultaba por abajo del ombligo, debajo del pantalón de mezclilla ya de por sí ajustado.

Si minutos antes estaba yo indecisa de pasar a su habitación y me había resistido a un par de insinuaciones suyas, con esa apuesta fui yo la que terminó jalándolo de la camisa y llevándolo a empujones a una cama que hasta entonces no conocía.

Hay que reconocer que la estrategia de tratar de llevarte a la cama a la mujer con la que te estás besando poniéndole la mano en tu pene es arriesgada. Los hombres tienen de dos en esa aventura: O el día se corona con el encuentro buscado o los abofetean. O da igual que no les peguen pero todo termina con la condena de dormir solo. Pero a él le funcionó conmigo.

Aunque tampoco es raro.

La estrategia que con un gran número de mujeres funciona, conmigo no. Y viceversa. Quizá ser una mujer más convencional sería mucho más deseable pero mucho menos divertido, qué se le va a hacer. Una vez, durante un viaje de trabajo, conocí a un hombre un poco mayor que yo, el cual se quedó prendado de mí apenas al conocerme. No es autoestima excedida de mi parte decirlo, sino que el hombre no hizo nada por esconderlo. A mí, lo confieso, no me desagradaba e incluso podría haber salido con él si las cosas hubieran sido de otra manera. Pero todo se encaminó desde el principio hacia desastre.

Por coincidencia se estaba quedando en el cuarto contiguo del hotel en el que nos hospedábamos y apenas se enteró de ello, me escribía mensajes al celular intentando ser romántico, a la vez que tocaba a la pared esperando respuesta. En un cuento de hadas hipotético, era algo así como dos prisioneros enamorados, separados por una pared de hierro, locos de deseo por vernos. Supongo que para algunas sonaría de ensueño, pero escuchar golpes me saca de quicio. Pum, pum, pum. Pum, pum, pum. Cerré tapa de la computadora sin haber enviado el texto que había propuesto porque los golpes me taladraban la mollera.

Dejé de contestarle por las dos vías y al otro día que lo vi en el lobby del hotel, fingí haberme quedado dormida.

Cuando él partió (un par de días antes que yo) de vuelta, me dejó una caja de regalo en la puerta con una nota: “Me gustas mucho”. Eran unos aretes que me habían gustado al pasar por el aparador de la joyería de enfrente. Yo abrí la caja ya con el rostro desencajado presagiando un muy mal augurio. La nota la olvidé encima de la cama.

Él me escribió un par de veces más con la esperanza de concretar una cita ya que habíamos regresado a nuestra ciudad de origen, pero yo simplemente abrí los mensajes y los volví a cerrar sin emitir ninguna señal de vida más que las dos palomitas azules que indican que el mensaje se ha visto en WhatsApp. La desesperación huele y huele a huevo podrido.

Así que conmigo sucede lo contrario: lo que podría ser digno de una cachetada, conmigo es capaz de encajar a la perfección. Que un hombre muchos años mayor me pusiera la mano en su pene erecto, para luego rozarme el rostro con sus dedos, sonreírme, acercarse nariz con nariz y decirme, “¿Así si?”, fue para mí como ese sonido que truena cuando el corcho truena y deja correr esas burbujas de bienvenida por el cuello de la botella a la hora de abrir una champaña.

Apenas me puso la mano ahí, dejamos a la amiga que yo había convencido para que me acompañara, durmiendo –habíamos tomado muchas cervezas y ellos habían fumado mariguana– en su sillón mientras nosotros le dábamos ruido de qué quejarse al vecino de al lado. No solamente por los gemidos, sino por la cabecera de su cama que por el excesivo movimiento rechinaba y golpeaba con la pared cada vez que dábamos un brinco o hacíamos una pirueta.

Vale decir que no dimos pocas, ni esa noche, ni las que siguieron, porque uno de los mejores detalles de esta historia es que él no sólo lo tenía monstruoso, sino que sabía cómo usarlo y yo lo aproveché como si estuviera en oferta todo el tiempo que pude. Sopesando sus movimientos y sobre todo, el tiempo y las veces que aguantaba haciéndolo, creo que él poseía un talento natural para ello. Alguna vez, desnudos, durante una de esas pláticas en la cama, bromeé preguntándole si no le hubiera gustado ser actor porno, y me dijo que no se imaginaba viviendo de tenerla dura y al aire libre todo el tiempo. Yo sí me lo imaginaba teniéndola dura y al aire libre todo el tiempo y penetrando a otras mujeres.

Ya lo dije, a algunas las convencen con flores, a otras, con canciones, a unas cuantas con serenatas o con cenas románticas a la luz de la luna. Yo así le di el sí, en una noche de copas y luego sopesar su pene erecto como garantía, a un hombre casi 13 años mayor que yo y sin mayor aspiración profesional que mantenerse tranquilo en el mismo puesto hasta jubilarse.

Y digo que le dí el sí porque no solo fue un acostón ocasional, un one night stand y todos gritando en la cama, sino que después de eso realmente formalizamos en una relación sentimental que duró varios años. Estuve a punto de irme a vivir con él a ese apartamento que aún recuerdo centímetro a centímetro.

Me salté el “date a respetar”, el “si aflojas antes va a perder el interés” o el “no vayas a verte muy zorra” y aflojé el cuerpo, el alma y el corazón con toda la convicción que tenía en ese momento porque ese acto me pareció estar lleno de ternura. Con ese arrebato, él mostró una fragilidad disfrazada de arrojo, lanzándose al vacío con una propuesta tan arriesgada que, si yo la hubiera tomado a mal, hubiera echado a perder todos los esfuerzos que había invertido durante varios meses, porque ya llevaba tiempo buscándome.

Varias veces me había invitado a comer y se había fumado las historias de un ex que en esos tiempos me había dejado poco menos que destrozada. Así que la estrategia de esa noche no fue más que un acto heróico, un enrollarse en mi bandera y lanzarse al vacío con los ojos cerrados. De ese día aún recuerdo la silueta de su desnudez, dibujada a contraluz por la luz de la luna. La esencia de lo romántico puede encontrarse en los lugares más inesperados, como en un inicio enmarcado por un apretón de verga.

Duramos varios años pero un día simplemente se terminó. Peleamos por una nimiedad, colgamos el teléfono, yo confíe en que él buscaría arreglar las cosas y me llamaría más tarde, pero no volvió a buscarme. Se evaporó tan rápido como alguna vez llegó. Puede sonar hasta increíble, pero apenas al otro día de que se desvaneció, yo tampoco decidí buscarlo. Sentía que algo entre nosotros se había roto. Que nunca más podríamos volver a tener sexo como esa primera noche; que ni siquiera podríamos volver a dirigirnos la palabra porque nos habíamos convertido en dos extraños durante esa última llamada telefónica. El tiempo es tan relativo y puede contener tanto vacío. Esa llamada fue como estar inmersos en una película a la que se le descompuso el sonido y en la que si te pudieras ver en la pantalla, solo verías tus labios moverse sin emitir ningún sonido.

Ese abandono que yo sentí casi infantil me caló hondo y fue una herida que permaneció muchos años en mi pecho. Algunas noches lo recordaba y sentía una punzada en la boca del estómago, un golpeteo que te taladra suavemente la cien como un asunto no resuelto, pero siempre luché conmigo misma para que no fuera tan fuerte para no dejarme dormir. Era un dolor sutil que alimentaba algunas de mis noches y que conforme fue pasando el tiempo pude adormecer lo suficiente para que no volviera aparecer durante los años siguientes.

Pero un día, después de muchos años de haber terminado, coincidimos porque asistiríamos a una boda de un amigo en común. Ambos viajábamos solos. Nos encontramos en el aeropuerto y por supuesto, íbamos en el mismo vuelo porque así nuestro amigo lo había acordado al hacer la reservación para quienes formarían parte del cortejo.

Uno de los organizadores hizo el intento por presentarnos pero por supuesto, nosotros ya nos conocíamos y no intentamos esconderlo. Nos saludamos, nos correspondimos con una sonrisa, nos alejamos del grupo y soltamos las preguntas de rigor de ex:

Él: ¿Cómo están tus papás?

Yo: ¿Qué ha sido de tu hermano? ¡Cómo! ¿Se divorció? (yo ya me había enterado por Facebook pero me finjo sorprendida)

Él: Tu sobrino ya tiene 18, ¿verdad? (él también ya lo sabía porque lo tiene agregado en Instagram pero me finjo la que no sé)

Yo: ¡Sí, mi sobrino ya está enorme!

Los dos casi al unísono: ¡Cómo pasa el tiempo!

Yo: ¿A poco llevas viviendo todo este tiempo en el mismo lugar?

Él llevaba cinco años viviendo en ese mismo departamento. Un torbellino de recuerdos se instaló en el interior de mi frente, taladrando y amenazando por salir en cualquier momento.

Llegamos por la tarde, un día antes de la ceremonia y decidimos salir juntos a la playa para que él se fumara un cigarro que yo estaba tratando de dejar de fumar. Nos seguimos actualizando sobre la vida en esos cinco años en los que no nos habíamos visto. Detalles triviales, en dónde habíamos trabajado, qué series habíamos visto, a qué conciertos había ido él, porque además de escribir unos cuentos maravillosos, otra de sus pasiones es la música.

Comenzamos con los “te acuerdas de cuando…” y la tarde transcurrió entre choques de copas (para entonces ya habíamos decidido entrar al bar de la playa y alcanzamos la hora feliz de cócteles), risas y roces discretos de manos. El sol se metió y comencé a sentir cómo el viento de mar me calaba muy profundamente, logrando provocarme escalofríos.

Me vio temblando, me prestó el suéter ligero que llevaba y fuimos a caminar por la playa. Los tres gin tonic y las tres cubas que traía yo encima ya habían hecho efecto sobre mi conciencia y estaban a punto de lanzarme al vacío.

—¿Por qué nunca más me volviste a hablar? —Le pregunté.

La pregunta me estuvo rondando en la cabeza durante todo el trayecto y se me escurrió entre los labios sin siquiera darme cuenta.

El sonido de las olas era un ruido como ese que hace la televisión cuando no encuentra la señal, al que nadie se acostumbra nunca.

—Porque ya estaba harto de muchas cosas y preferí dejarlo así.

Le di un trago a la cerveza que traía en la mano y me levanté de un salto, aunque me costó trabajo después de todo el alcohol que me había tomado (y apenas eran las seis de la tarde). Él se levantó también y regresamos al bar sin que nadie abriera la boca.

Nos despedimos atropelladamente y me encaminé a mi habitación. Él salió de nuevo a la playa, supongo que fumarse otro cigarro. Lo vi de lejos desaparecer en el vestíbulo y dirigirse a la playa.

Salí al balcón y prendí un cigarro luego de tener seis meses de no fumar. No había resistido y había echado a la maleta esa cajetilla que me habían dejado olvidada en casa.

Preferí dejarlo así. Preferí dejarlo así. Preferí dejarlo así. Preferí dejarlo así.

La frase brincoteaba entre mis pensamientos mientras el sol se escondía enfrente de mí y yo le daba una y otra calada a mi cigarro. Así como un matrimonio puede con los años volverse un par de extraños, cualquier pareja puede repetir el procedimiento de un momento a otro. Tic, tac. En los minutos que dura una llamada con prisa. Unas cuantas vueltas a la manecilla del reloj mientras dos intentan comunicarse, no lo logran, la escena enmudece y empiezan a quedarse cada vez más solos. Hasta que llega ese abismo que es el silencio de dos que no saben qué más decirse. El universo que puede caber en una llamada. El tiempo es tan relativo. Ya han pasado cinco años.

Toc, toc, toc.

—Hey, ¿Te puedo invitar otra copa?

Toc, toc, toc.

Yo alcanzaba a ver solo las dos sombras que hacían sus pies por la rendija de la puerta.

Recordé ese momento en el que no nos volvimos a ver, en el que ambos éramos ya unos extraños más en una película muda y suspiré. Yo no quería otra copa más.

Abrí la puerta. Se había robado unas flores del vestíbulo del hotel y las traía en la mano. Me sonrío. Me abrazó. Para entonces yo era un manojo de lágrimas y mocos que se le embarraba en el rostro. Le dije “te odio”. Nos seguimos besando. Le dije que lo había amado y que me había abandonado. Pero él no me soltó en ningún momento sino que me tenía tomada por las mejillas.

Me sonrió muy cerquita de la cara y me miró a los ojos. Me agarró la mano y me la puso por debajo de su ombligo.

Los dos sonreímos.

Entre tanto, creo que escuché salir de su boca un “perdóname”, un “soy un pendejo”, pero yo ya estaba boca abajo y a gatas y recibía sus embestidas con furia, con la cabeza restirada hacia atrás porque su mano derecha parecía querer arrancarme el cabello y la izquierda hacerme un hoyo en las nalgas.

Mi vida suele ser como un perro que gira en círculos intentando morderse la cola.

 

NOTA DEL EDITOR: Este texto fue publicado originalmente para CHIDASMX, si quieres leer el original da clic aquí. 

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