El amor, mi padre y las ganas de ir al baño

 

 

 

 

Mi padre a la hora de dar consejos no tenía límites.

 

Uno de los recuerdos de mi adolescencia que más se me presenta nítido a la hora de evocar los días en los que él se hacía cargo de nosotros, es cuando nos sorprendió a mí y a mi hermano Julio sentados en la mesa del jardín y hablando de amor.

 

Mi padre tenía muchos defectos, pero si una virtud había que reconocerle, es la de explicar siempre los grandes eventos de la vida relacionándolos con un excusado y con lo que cae dentro o fuera de este.

 

Julio y yo estábamos sentados en el jardín después de haber regresado de la secundaria. Los lunes que no estaba mi mamá aprovechábamos para arrasar con toda la chatarra del refrigerador antes de comer la comida que nos había dejado etiquetada cuidadosamente en topers, y para conversar a nuestras anchas en la casa vacía. Porque mi papá llegaba un poco más tarde que nosotros. Llegaba, comíamos y el aura de magia de esa casa vacía desaparecía porque él no tardaba en asegurarse de que hiciéramos la tarea después de comer.

 

Esa tarde yo le contaba a Julio sobre Pepe. Una niño de ojos azules que me había encontrado varias veces de camino al baño a la hora de la clase de inglés, y con el cual soñaba despierta desde hace varias semanas. Fantaseábamos sobre la manera en la que podía acercarme a él sin que se viera muy obvio. La ingenuidad a los trece te hace creer que el disimulo es la mejor arma para atrapar al amor.

 

En esas estábamos, tan absortos en nuestras ensoñaciones, que no nos dimos cuenta que mi papá entró a la cocina, atravesó la estancia y llegó al jardín por la puerta trasera.

 

Mientras, yo le contaba a Julio mi versión de la realidad: Me había cruzado con Pepe en el pasillo, él me había sonreído y levantado el brazo para saludarme. En realidad, Pepe salió del baño al mismo tiempo que yo salía del salón de enfrente y pudimos habernos cruzado de frente de no haber sido porque fingí haber olvidado algo en el salón y regresé, aterrorizada, sobre mis pasos. Pero en esas estaba, en las de hacerme la niña grande y la dueña de mi destino, cuando mi papá se puso atrás de nosotros y nos susurró muy cerquita:

 

-Tú confundes el amor con ganas de ir al baño, María.

 

Nos lo dijo así, tan fresco, sonriente mientras cruzaba el jardín y caminaba hacia el cuarto que la hacia de bodega y en el que guardaba las cervezas. Nos quedamos callados y su risa se escuchó como si fuera esa música que sale de una caja de muñecas entre el eco del invernadero. Hoy, después de tantos años, todavía recuerdo el sonido de su risa en ese invernadero que nos vio crecer.

 

Confundir el amor con esa punzada a veces artera que convierte en la preocupación principal algo tan primitivo como desahogar el vientre. Pensar por las tardes, embelesada, que esas mariposas son reales para darte cuenta al instante siguiente que en realidad es el intestino inoportuno el que una vez más te está jugando una mala pasada.

 

La metáfora perfecta salida de la sabiduría popular y puesta en boca de mi padre para explicar esa chispa repentina que se hace cenizas al poco tiempo pero que cuando explota, te hace pensar que cualquier punzada es amor.

 

Hoy que se cumplen 10 años de su muerte, aún ese consejo y el eco de su risa de caja de muñecas resuena dentro de mi cabeza, quizá porque como esas consistencias que se disfrazan de coincidencias, se convertiría en una de las formas más claras de explicar los muchos enamoramientos más que tendría a lo largo de mi vida. Quizá me gusta consolarme pensando en que me enamoro como la tía Daniela en Mujeres de ojos grandes, de Ángeles Mastretta: “…se enamoró como se enamoran siempre las mujeres inteligentes: como una idiota”. Me gusta pensar que es así, aunque soy sincera y sería muy pretencioso de mi parte aseverar que soy lo suficientemente inteligente para jactarme de ello. De lo segundo sí estoy segura a cabalidad.

 

Como esa vez en la que pensé que un chico diez años menor podría robarme el corazón invitándome a verlo a un concierto de rock en la preparatoria; cuando sentí por un momento que podía amar al primo de una amiga solo por tener esos ojos grises y esos brazos inmensos y tatuados que me rodeaban por la cintura; cuando pensé que podría salir con uno de mis mejores amigos solo para que me dejara de insistir en que tuviéramos algo; cuando volví a ver a un ex novio de hace varios años y luego de una noche de sexo pensé que podríamos intentarlo de nuevo o cuando me convencí que ese tatuador con el corazón roto podría desprenderse de sus fantasmas y amarme a mí tanto como amaba a Checho, su perrito salchicha.

 

Y podría seguir porque mi vida amorosa ha sido una lista de veces en las que he sentido esa punzada que parecía fulminante y que luego demostró ser más llamarada de petate.

 

Pero es que confundir esas dos sensaciones tan llenas de vida le puede pasar a cualquiera. Mucho más cuando uno tiene trece años o cuando uno crece con pájaros en la cabeza, sintiendo que encontrar el amor a la vuelta de la esquina podría ser tan fácil como encontrar un juguetito dentro de la caja de cereal.

 

Por cierto, Pepe, por supuesto, conserva esos ojos azules pero ya perdió esa mirada transparente que me fulminaba cada vez que nos cruzábamos de camino al baño de la secundaria, trabaja en una agencia de seguros, echó barriga hacia las rodillas y tiene tres hijos que ya están en la primaria. Me lo crucé el otro día cuando caminaba apurada hacia una reunión de trabajo un lunes por la mañana. Me crucé la banqueta con la intención de evitar el contacto, pero él también atravesó la calle agitando la mano en señal de saludo y me detuvo a la vuelta de la esquina.

 

*Para Grillo Grillo, uno de mis faros.

 

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