Pásale, que el camino a mi habitación ya te lo sabes

 

 

Quién lo iba a pensar. Todo empezó a ir mal por unas ganas irrefrenables de ir al baño. Una meada impostergable, un desahogo de vejiga fue lo que nos llevó a terminar así.

 

Ese día hice una fiesta a la que invité a uno de los hombres con los que estaba saliendo. El que llegó lo hizo tardísimo y muy borracho. No sé si está bien que lo diga, pero en nada era distinto a lo que he estado acostumbrada.

 

Para cuando él tocó la puerta, la fiesta estaba más que empezada. Ya traíamos todos unas cubas encima, él traía varias más que no se había tomado conmigo. De con quién había estado o de dónde venía yo no supe nada, pero tampoco pregunté porque era de esas relaciones de aquí enfrente de todos no pasa nada, allá tú y yo solitos terminamos azotando la cama.

 

Debo decir que él me gustó desde la primera vez que lo vi. Lo conocí en un viaje de trabajo, en el que de sólo verlo me quedé pasmada, para luego escucharlo hablar y concluir anticipadamente que su ego era tan grande como era maravillosa su sonrisa.

 

Pero mi memoria de pájaro me hizo olvidarlo durante varias semanas hasta que empecé a recibir mensajes nocturnos suyos que preguntaban cómo estaba y si quería ir a desayunar. Entonces me volví a  acordar de él y calibré lo guapo que seguía estando, con esos tatuajes en los brazos y esa espalda que hacía que cualquier camisa le pareciera pequeña. Acepté salir a desayunar y de ahí se desencadenaron varias salidas.

 

Recuerdo que la noche que salimos antes de que me quedara por primera vez en su casa él hacía planes sobre ir a comer, a un museo, a visitar a unos amigos. Sobre pasarla juntos un día y otro más. Yo me preguntaba si era real lo que estaba viendo: un chico que buscaba dar la impresión de chico malo, yéndose sin meter las manos en algo que todavía ni siquiera nacía. Honestamente, yo estaba pasando el rato, o eso creía querer hasta entonces.  

 

Para cuando llegué a su departamento ya entrada la madrugada y con las intenciones más que puestas sobre la mesa, después de ir besándonos todo el camino después de que renuncié a que me llevara a casa en el taxi en el que íbamos, él me preguntó que cómo íbamos a quedar después de esto. Supongo que ésa fue su forma de decirme que quería algo más y que le interesaba saber cómo iba a tomarlo yo.

 

Ahora lo entiendo, pero abrí la boca antes de pensar y a su pregunta yo contesté un “Pues…así como estaba, ¿o qué?”, seguido de un trago de cerveza. 

 

“Ah, entonces te vas a aguantar”, me dijo clavándome unos ojos acuosos de madrugada. Silencio. Se me olvidó que él tenía más de 40 años y que mi habilidad para equivocarme es inconmensurable.

 

Y me la tuve que aguantar. O ahora que lo pienso, realmente no porque contra toda expectativa mía, terminé enamorándome de él y deseando poder formalizar. Y no me aguanté que no quisiera más que verme de madrugada. Quería decirle que siempre sí. Que siempre sí quería ir al museo, a pasear por ahí, a vernos con los amigos. 

 

 Pero por supuesto, todo terminó como suele ser: Mal, conmigo tomando un taxi y tragándome mis mocos y mis lágrimas después de que él me dejara plantada, luego de evitar durante varios días una conversación solicitada por mí, con la que yo pretendía salvar algo que yo misma había matado desde el primer día. 

 

Pero todo esto sucedería meses después.

 

Ése día, el de la fiesta, llegó a mi casa con ese aire tan suyo de todas mías. Con un aliento a diablo y con unas ganas irrefrenables de ir al baño. Esa vejiga del tamaño de una nuez, responsable de la hecatombe que después vendría.

 

El baño común que usaban mis roomies estaba ocupado y el de mi habitación lo conocía bastante bien que ya varias veces se había quedado en casa, así que me pidió permiso para usarlo. Yo estaba ocupada en chocar las copas y le dije sin mayor contratiempo que le pasara, que al fin ya se sabía el camino.

 

Al segundo siguiente me arrepentí, pero ya era demasiado tarde. Corrí a la habitación para tratar de contener la bomba.

 

Sin éxito. Salió del baño hecho un energúmeno. Alguien poseído por el demonio hubiera bufado menos. Hice todos los esfuerzos por preguntar qué había sucedido de la manera más mesurada, pero todo intento fue en vano. Él no se la aguantó y me dijo que tuviera más cuidado con lo que me dejaban en el baño.

 

<Con lo que me dejaban en el baño…>

 

Pensé de pronto en algún calzón indiscreto o en algún otro resto más comprometedor, pero mi mala suerte se selló cuando recordé que el otro había dejado su reloj en el lavabo una noche antes y que yo con las prisas no lo había alcanzado a guardar.

 

Lo negué todo, porque para entonces él ya estaba levantando la voz con el ánimo de quien se lo lleva la chingada. Me limité a asentir y a decirle que ese reloj era de mi primo, que qué tanto problema había. Que se tranquilizara, que ni de qué enojarse tenía. Recuerdo nítido el hueco que sentí en el estómago al comprobar que es verdad lo que uno de mis mejores amigos ha hecho máxima: que todo es risas y alegría hasta que te cachan en la mentira.

 

Terminaron los reclamos y volvimos a la fiesta a seguir bebiendo cada uno por su lado. Yo con un autoengaño tan cómodo que me decía que al fin que no éramos nada. Pero una vocecita sólo perceptible por mí me decía que otra vez la había cagado, no por ser infiel –porque bueno, pues… teníamos una relación abierta– sino por no haber tenido tantita vergüenza y haber guardado lo que era de otro si sabía que él iba a venir.

 

Pero yo seguí chocando copas. 

 

Pasó un rato y yo conversaba con un amigo, hasta que los ojos desorbitados de él mirando algo a mis espaldas lo delataron y me hicieron voltear de golpe: aquel se estaba besando con una de mis invitadas. Llegaba mi turno.

 

Nos encerramos en la habitación de nuevo y nos reclamamos. Yo le dije que todo bien si quería tener algo con alguien más, pero que no iba a tolerar el abuso de que fuera en mi casa. Él me decía que no tenía culpa alguna y que sólo se había dejado llevar. Los argumentos desfilaron entre besos que arrancaban labios también.  El amor postmoderno no tiene límites.

 

Las horas pasaron, los invitados se fueron uno a uno. Incluido él. Se fue con una cara de entierro, sin despedirse de beso y yo le dije adiós con un azotón de puerta. Tampoco lo entendí del todo si minutos antes casi nos arrancábamos la ropa a empujones, pero apenas cerré la puerta, rompí en llanto. Los lagrimones me corrían por las mejillas y mis roomies me veían con desconsuelo. Lo más triste: con el mismo desconsuelo de siempre.

 

Me gustaría decir que la historia acabó ahí. Que no nos volvimos a ver porque teníamos muy claro que nuestra relación estaba destinada al fracaso. Pero las cosas no terminan como deberían ser.

 

Apenas cogió el taxi que lo llevaría a casa, me escribió preguntándome por qué le había hecho todo esto. Supongo que estaba muy borracho porque el chico con el aire de todas mías se había esfumado, para dejar salir a uno que lamentaba su suerte por haberse dejado llevar por mí. Yo le dije que dónde estaba, que quería verlo, que olvidáramos de todo lo que había pasado. Que lo quería a él. La verdad es que nunca tuve que echarme un de tin marín porque siempre supe que lo quería a él. El chico del reloj fue tan solo un amante pasajero, uno que, para desgracia mía, olvidó su reloj en mi lavabo.

 

Apenas la noche empezaba a clarear cuando tomé un taxi que me llevó a su apartamento en la Tabacalera. Me abrió y yo entré sin pedir permiso, lo empuje conmigo hacía la oscuridad, porque el camino hacia su habitación también ya me lo sabía.

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