Un chico del montón con el que pensé que era amor

 


He tenido tres hombres de los que me he enganchado apenas con verlos por primera vez. Si muriera ahora, seguramente serían esas imágenes las que pasarían por mi mente durante los últimos segundos de vida porque de esos encuentros, nunca me voy a olvidar. Él es uno de los tres.



Le conocí a través de un amigo que era en ese entonces mi socio en la empresa que montamos entre los dos. Yo era historiadora y trabajaba en una Universidad en Madrid, y estaba inmensamente sola. Mi socio me invitó un día a una cena con varios chicos latinos –él se había ido de México hacía mucho tiempo atrás– y fue ahí donde me topé con él en la cocina.



Con el pretexto de preparar lo que quedaba de cena nos quedamos conversando durante varias horas. Fue de esas veces que no sientes el pasar del tiempo hasta que los invitados se despiden uno tras otro y entonces te das cuenta de que no le has prestado atención a prácticamente nada ni nadie más que a él durante las últimas tres horas. Ese día estaba segura de que iría mi ex e iba a la cena dispuesta a hacerle la plática. Él ni siquiera se apareció pero terminé acercándome de más a ese mexicano con voz cantarina y espaldas de acantilado.



Nos volvimos a ver varias veces junto con mi amigo con el pretexto de que él se estaba quedando con mi socio porque había ido a visitarlo, estaba de paso por Madrid y no tenía realmente mucho más que hacer. Recorrimos el barrio arcoiris de Chueca de arriba a abajo, paseando de bar en bar como si fuésemos una versión muy nuestra y siempre trasnochada de Pepi, Lucy y Bom o alguna otra chica del montón de Almodóvar, viviendo nuestra propia movida madrileña cada noche de cañas.

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No me atreví a decirle a mi socio que con el transcurrir de las semanas, estaba enamorándome de su amigo. Supongo que él tampoco necesitó más explicación al respecto porque una de esas noches se despidió antes de las 12 con el pretexto de tener una cita de trabajo muy temprano. Nada propio para una Alaska o una Carmen Maura de Almodóvar. Huyó entre las entrañas del metro de Sol antes de que pudiéramos decirle que se quedara. Por mi parte, sólo por mero compromiso, porque la realidad era que lo que más yo deseaba era quedarnos solos para empezar a conocerlo más de cerca.  



Pasamos un par de horas paseando entre las calles del centro de la ciudad. Conversando de trivialidades, preguntándonos intimidades, lanzando como dardos una y otra vez miradas curiosas, hasta que llegó un momento en el que la multitud que atravesaba la calle de Alcalá nos arrojó uno contra el otro.

 

Pero el amor es cruel y nos aborda a todos de maneras muy distintas.

 

Lo único que alcancé a hacer fue girar mi rostro hacia un lado para evitar tener de frente sus labios –me moría de miedo– y abrazarlo durante unos minutos que me parecieron interminables. En ese momento el gesto me pareció como uno de esos acuerdos tácitos, esas veces en las que nadie tiene que decir nada porque saben qué es lo que ocurrirá a continuación, y sentí cómo una especie de misticismo se achispaba en mis ojos.
Por desgracia, si a algo ya acostumbrada, es a equivocarme.



Le di un beso en la mejilla porque para dárselo en la boca necesitaba un par de cañas más. Le sonreí y le pregunté hasta cuándo se quedaría en Madrid. Me contestó que hasta el último día de diciembre.  Se quedaría las fiestas en la ciudad a pesar de que de inicio había considerado irse a mediados del mes. Creo que intenté no sonreír pero fue demasiado tarde porque ya lo había hecho. Le dije que viniera a pasar a mi casa la Navidad junto con mi socio, que así él lo haría. Me sonrió y me tomó por los brazos.



Pero todo lo que sube tiene que caer y hay cosas que lo hacen más pronto que tarde.



–Muchas gracias pero estará Mari por la ciudad. –Lo dijo apenado, como si quisiera haberme ahorrado el camino hasta este momento que se veía inevitable, como si su voz trajera un tono de disculpa por haber devorado las noches conmigo para después desvanecerse en una noche helada de diciembre. Por no poderse convertir en mi Ricky Antonio Banderas al cual después de haberlo rechazado varias veces ( a veces puedo ser una mujer muy fantasiosa) yo le pudiera decir ¡Átame! Para luego hacer el amor de manera tibia y dolorosa. Porque si  a algo le he temido desde hace mucho tiempo es al amor.


Pisé de nuevo la tierra. ¿Quién coños es Mari? Pensé. Creo que mis ojos se lo preguntaron.



–Mari es mi novia. La palabra “novia” retumbó en mi cabeza durante varios segundos que me parecieron eternos, entre el bullicio que se crispa a altas horas de la noche en esta ciudad que nunca descansa. Menudo follón, pensé.



–Vale, pues si te parece bien, no hay problema y tráela contigo. –Le dije. En mi cabeza comenzó a escucharse una de esas canciones de salsa de Gilberto Santa Rosa que había escuchado cuando viví unos meses en México y que tanto me había causado gracia. <Yo en el amor soy un idiota, que ha sufrido mil derrotas, que no tengo fuerzas para defenderme…>



Mi boca se abrió sin antes poner mi cerebro a currar. Vaya lío. De quererme follar a un tío del cual ya estaba completamente enganchada, pasé a invitarlo a él y a ella a mi cena de Navidad.

Ese día terminé la ensalada de gulas y el risotto muy tarde y ya había varios invitados en el comedor pero yo no pude separarme de la cocina hasta muy cerca de la media noche. Para cuando la cena estaba a punto de empezar, el amigo de mi socio y su acompañante todavía no habían llegado.

Por cualquier cosa, desde que me alistaba para la fiesta tuve la precaución de usar el rímel indeleble que me regaló mi madre y de contemplar a la enorme salsa de Gilberto Santa Rosa como uno de los soundtracks de la noche.

 

Y vaya que fue un par de decisiones atinadas.

 

 


*Para uno de mis soles, F. De R. 

 

 

 

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