¿Y este cabrón quién es?

 

 

 

 

Entró a la habitación y lo primero que encontró fue la foto de su mujer al lado de otro hombre. La foto yacía sobre la cama, con la mitad salida de una bolsa de plástico en la que había también otro bonche de documentos. Como si le hubiese caído un escupitajo en el ojo, lo primero que vio fue a su esposa abrazada de otro, ambos sonrientes, en una locación falsa, con edificios de cartón que la hacían de fondo mientras los dos se tomaban las manos entrelazadas en la espalda y miraban, de forma luminosa, a la cámara.

 

¿Qué hace esa foto encima la cama en la que dormía con su mujer desde hace un par de años? Lo de menos era el resto de documentos. No sólo ésa sino una retahíla de preguntas le pasaron por la cabeza. Pero primero comenzó a carcomerle la duda de quién era ese hombre y cómo lo había conocido su mujer.

Ahora que lo piensa, él nunca le había preguntado de su pasado amoroso. Siempre había sido algo que había pasado de largo en las conversaciones entre ambos. No es porque no le importara, sino que en esta ocasión quiso hacer las cosas de manera distinta, es decir, no iniciar el proceso de conocerse con las pláticas de desamores ya conocidas, sino empezar de cero.

 

Y así fue. Con ella todo empezó con un lento comienzo, sin conocer siquiera una historia amorosa de su pasado ni mucho menos preguntar.

De lo que está seguro es que esa foto era lo más corriente que había visto. Esa locación falsa. Esas sonrisas de comercial de pasta dental. Esa pose de galán de él. Ese paradito torcido de ella.  ¿Cómo es que su mujer pudo aceptar tomarse una foto con esos horribles edificios de utilería? La pregunta le taladró una y otra y otra vez.

¿Por qué no le pregunté nada? Carajo, ¿este cabrón quién es? se preguntaba, mientras se sentaba en la cama y se quitaba las botas. A ver, déjame me acuerdo, seguro que a éste alguna vez lo mencionó de refilón en alguna conversación. Sí, algo dijo de conocer a un hombre mayor, éste tiene canas y ya se ve muy pinche viejo, creo que dijo que era su amigo. Claro, su amigo, si mira nada más cómo la está agarrando bien pegadita por la cintura.

Mientras, se recriminaba sus ganas de ser original al iniciar su relación con ella y el por qué no le había preguntado nada sobre su vida amorosa.

 

Tal vez sea… un día dijo que alguien la hizo sufrir de veras, seguro que es él. Hijo de puta, si supiera quién eres y por qué estabas haciéndola sufrir. Aunque seguro también ella habrá hecho algo para que le cayera la desgracia. Porque así tan de no rompo un plato tampoco que es. Bueno, de todas formas ella siempre llora de todo, mira a una amiga enferma, a un elefante espinado, a un perro perdido; de todo llora siempre. Ya me imagino cómo lloraba por éste. Tan feo que está y tan mensa que es que se ha de haber dejado de todo. El color le subía y le bajaba de la cara mientras se quitaba las botas y los pantalones y se disponía a meterse en la cama.

 

Ella aún no llegaba y ya eran más de las once. Su mujer le había dicho que para cuando él hubiese llegado a casa, ella ya estaría ahí. La bolsa de la que estaba medio salida la foto y el resto de tiliches ya había volado y había caído detrás de uno de los muebles de la habitación.

 

Ya dentro de las cobijas, cerró los ojos e intentó dormir, cosa que en ese estado, no logró. Se incorporó en la cama y comenzó a leer el libro que ya casi acababa.

 

human shadow

 

 

Durante varios minutos los perros del vecino de arriba rascaron el piso tan fuerte que en cualquier momento parecía que caerían moronas de cemento sobre su cabeza. Pero él ya había logrado distraerse, al menos de manera momentánea, en ese libro que tanto esperaba para leer cada noche de vuelta al trabajo. Pero Dan Brown no lo pudo entretener durante mucho tiempo más. La luz débil de la lámpara iluminaba parcialmente el cuarto. Los perros seguían rascando la cabeza de ese hombre que esa noche sólo esperaba a llegar a casa para poder cenar y conversar con su mujer en la cocina, pero que lo único que encontró fue la foto de ella con otro encima de la cama en la que dormían.

 

El chasquido de un abrir de puerta se escuchó en medio de la noche. Los perros continuaron rascando y empezaron a ladrar en respuesta a la puerta que apenas se empezaba a abrir.

 

Durante algunos minutos, el sonido que provocaba el movimiento de varios objetos en la sala lo tuvo atento e intentando captar el más mínimo ruido. Los cojines eran movidos de lugar, los papeles en la mesa del comedor también dejaban salir pequeños suspiros que no escapaban a su oído concentrado.

 

Luego, se abrió la puerta de la cocina y escuchó los pasos de ella aproximarse a la habitación. El corazón le latía fuerte.

 

­­–Hola… ¿cariño? ¿estás ahí? Preguntó ella mientras caminaba por el pasillo.

 

–Sí, acá estoy. Gritó él desde el cuarto, esperando el siguiente movimiento de su mujer.

 

–¿Has visto una bolsa de plástico con unos papeles viejos? Preguntó ella.

 

Entonces él cerró el libro, se puso los zapatos y se dispuso a salir del cuarto. La sangre seguía caliente y corriendo por su rostro. Sus zancadas lo acercaban cada vez más a la cocina.

 

–Está allá en el cuarto. Le dijo a ella, parado ya en el quicio de la puerta y con la mirada fija en sus nalgas, mientras ella yacía inclinada en el suelo, hurgando entre la basura. La miraba con los ojos más amenazantes que pudo pelar, buscando que ella se diera cuenta y preguntara qué le pasaba antes de que él explotara con la escena de celos.

Se hizo un silencio que en cualquier momento peligraba en transformarse.

 

Ah, ¡vaya! En el cuarto…  –Su mujer dejó escapar una risilla.

 

–¿Me la podrías pasar, por favor? Le pedí a Artemia desde la mañana que la tirara a la basura, pero creo que se le olvidó. –Dijo ella mientras se reincorporaba para limpiarse la mano con una toalla.

 

Él salió de la cocina y se dirigió de nuevo a la habitación, se inclinó, y, con una sonrisa, sacó la bolsa de atrás del mueble donde había caído. Recogió la foto que se había resbalado fuera y la introdujo de nuevo a la bolsa. En silencio, se dispuso a llevársela a su mujer como ella se lo había pedido. No vaya a ser que a Artemia se le vaya a olvidar otra vez encima de la cama.

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