Ni le muevas que soy bien puta

 

 

Jalil era un chico con ojitos achispados y con un corazón enorme. Tenía (o tiene, que si bien supe por coincidencia el otro día, por supuesto sigue vivito y coleando y hasta ya publicó un libro) vello por todo el cuerpo y una barba que me hacía vibrar. Además de una sonrisa profunda.

Empecé a salir con él de forma inesperada, porque nunca me gustó de ninguna manera especial. Yo acababa de terminar hacía un par de meses con un chico que se volvió DJ después de que terminamos, y como coincidimos en la escuela, Jalil y yo empezamos a vernos seguido. Honestamente no recuerdo ni el primer beso ni mayor detalle sobre ese tópico.

Pero de lo que sí me acuerdo fue de la manera tan infame en la que le rompí el corazón.

 

El primer embate vino un día que fuimos a La Faena, un bar de esos que se encuentran de alguna manera en ruinas y que son frecuentados por periodistas. Recuerdo que tocarían música en tornamesa pero nunca puse atención realmente a qué se trataba. Fuimos un sábado, él, un par de amigos míos y yo.

Chocamos copas e intercambiamos varias bromas triviales. Me empezó a llamar la atención la manera en la que mis dos amigos cuchicheaban y se reían cada vez que volteaban al escenario.

Me acerqué a preguntarles qué les causaba tanta risa porque no me estaba enterando del chiste. Hasta que llegó la sorna hecha pregunta.

 

–¿Ya viste quién es el DJ? Risas, risas, risas. De ellos dos, no mías y ni de Jalil, que de nada se estaba enterando porque todo lo estábamos diciendo a muy corta distancia.

 

Mucho menos mías, sobre todo cuando voltee a ver quién estaba tocando en el escenario.

 

Lo peor fue que cruzamos miradas, y apenas al verme, el recién convertido DJ aventó los audífonos para irme a saludar. Uno de esos saludos con abrazo, jiribilla y apretón de todo como para dejar claro que algo había todavía entre los dos. 

 

A mí se me encogieron las entrañas cuando voltee a ver a Jalil y me di cuenta de que estaba yo sentada del lado equivocado.

 

Mi ex entonces entendió que yo no venía sola, me lanzó una mirada que si hubiera tenido cuchillos me hubiera atravesado y regresó a su puesto en el escenario.

 

Para entonces yo ya había dado un par de hondos tragos para acabarme la cerveza. Dinámica que continuó durante toda la noche, en la que el DJ y yo intercambiábamos miradas, él platicaba con una chica entre canciones y yo intentaba por todos los medios que Jalil se me acercara lo menos posible.

 

Así transcurrió la noche hasta que le di el último trago a la cerveza número mil ocho mil y decidí seguir al DJ al baño. Por supuesto, cuando salió alegué una afortunada coincidencia y nos quedamos conversando un rato. Minutos después él ya se iba y yo ya había roto en llanto. Yo colgada de su cuello, Jalil con los ojos desencajados de sus cuencas. Mis amigos sin perdón divino partiéndose de risa con el desastre hecho fiesta.

 

Pero la crueldad por mi parte no acabaría ahí. Todavía Jalil tuvo el corazón para llevarme a casa, conmigo echa un manojo de lágrimas y mocos. Tuvo el corazón todavía para aceptar que sus días transcurrieran intentando salvar lo insalvable.

 

Semanas después, hubo una fiesta organizada por la universidad. Ya entradas las horas, me encontré en el baño a un chico del otro salón que siempre me había gustado. Primero conversamos cuasi literariamente, para luego empezar a besuquearnos afuera de los excusados.

 

Lo siguiente fue una amiga tocándome el hombro, diciéndome que Jalil estaba llorando en la mesa junto con la chica que estaba enamorada del desgraciado con el que me estaba besando. Y digo desgraciado porque realmente lo fue: La última vez que lo vi esa noche lo estaban cacheteando afuera del bar. Con él saldría años después y recordaríamos la anécdota con gracia y no sin cierta cruda moral. 

 

Regrese a donde Jalil porque él quería hablar conmigo. Repetí una y otra vez (de la manera menos despiadada que encontré) que no eres tú soy yo, que lo mejor era que dejara de buscarme. Pero cuando uno está enamorado es fácil no atender a la voz interior que te dice: compa, no lo haga. Y Jalil lo siguió haciendo. Me siguió pidiendo una y otra que lo intentáramos de nuevo.

 

No es justificación pero ya para entonces, estaba más que achispada por las cervezas que me había tomado durante prácticamente parte de la mañana y la tarde. 

 

Recuerdo que en algún momento, empecé a escuchar solo un ‘bla bla bla’ salir de su boca. Mire al cielo y vi que ya estaba oscureciendo y pensé que tendría que comer ya algo pronto, porque en esos tiempos era común escoger entre comer o beber y yo evidentemente había escogido ese día y muchos otros, la segunda.

 

“Mira Jalil, ya mejor ni le muevas que soy bien puta”. Apenas me di cuenta de lo que dije cuando ya lo había dicho. Jalil siguió llorando de manera ininterrumpida pero se hizo un silencio que no se me va a olvidar, junto con sus ojos de plato.

 

Para entonces, yo ya había firmado con la mala fortuna un pacto que ha durado muchos años. Pero esa tarde cogí mis cosas porque ya era tarde, pagué mi cuenta, tomé la dirección contraria a la del chico que estaban cacheteando y apreté el paso, porque la noche ya había asomado los ojos.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s