Del olvido al ya me acordé y qué vergüenza

 

 

 

No cabe duda de que hay cosas de las cuales es mejor no acordarse. 

 

Esta historia se remonta a muchos, muchos años atrás. Cuando sucedió yo tenía 20 años y un corazón hecho pedazos por uno de los hombres que más he querido desde la profundidad de mis entrañas. 

 

Nos conocimos a través de un compañero de la carrera y desde que cruzamos miradas, nada volvería a ser igual. Esos ojos verdes me perseguirían por años. Varios años después y con un océano de por medio, en un hotel en una ciudad muy pequeña de España, sola y con una botella de vino encima, me recuerdo llorando por todo lo que se había perdido. Esa fue una vez pero por él lloré de manera regular durante mucho tiempo después de habernos separado.

 

La primera vez que nos vimos fue en un café. Él estaba sobrio y con una sonrisa que, a pesar de tanto tiempo, nunca se me va a olvidar. Sobrio. Es para ponerlo en negritas porque no era algo que sucediera muy seguido. Él tenía 19 años y  era fanático de las tachas, los ácidos, la mariguana, el aire comprimido y no dudo que a los huesos de aguacate si se los hubiera podido meter.

 

Pero ese día estaba sobrio y con las ganas de vivir que no se le reprochan a un chico de 19 años. No hacíamos más que sonreirnos, conversar, hacernos bromas y no levantar los ojos uno en el otro. Incluso el resto de gente con la que estábamos reclamó nuestra atención pero para eso era ya muy tarde porque habíamos quedado prendados uno del otro. Ni duda cabe que la ignorancia hace feliz.

 

La cosa no quedó ahí y me invitó a verlo tocar en una fiesta el viernes siguiente. Él tocaba la guitarra en una banda improvisada con algunos de sus amigos. Recuerdo que me insistió varias veces al día durante toda esa semana. Yo no estaba segura de ir porque la fiesta era lejos y porque creo que presentía el desastre que estaría por venir meses después.

 

Pero acepté, me monté en un vocho en el que ocho personas íbamos como en coche de payasos. Payasos drogadictos porque venían fumando mariguana mientras yo me esforzaba por sacar la cabeza por la ventana.

 

Después de pasar cerca de dos horas en el tráfico, llegamos a donde la fiesta. Recuerdo que bajé despeinada y con ganas de no volver a compartir viaje pero con la única idea de verlo. Caminé hacia el grupo de gente que se arremolinaba alrededor de la música. Y ahí estaba. Con esos ojos verdes olivo. Tocando la guitarra con muy poca audacia y empinándose del cuello de la botella un Jack Daniels. Llegué tarde y en ese momento, lo lamenté, porque para entonces estaba hasta el culo. Debí de haberme lamentado haber estado enculada con un drogadicto y con un pie en el precipicio, pero para entonces solo lamenté haber llegado tarde.

 

Me vio y fue hacia a mí gritándome por un apodo que cada vez que me lo llegan a decir todavía (eso ya prácticamente no sucede) me recuerda de forma inevitable a él.

 

Y yo sentí una punzada en el estómago porque estaba al borde del barranco pero con convicción di un paso adelante. Me acerqué a él, empezamos a conversar y a disculparse por haberse empujado la botella casi entera antes de que yo llegara. Era casi irreal discutir algo de ese talante con alguien a quien acabas prácticamente de conocer, pero Cupido tiene licencia ilimitada para hacer imprudencias.

Nos enganchamos en esa conversación sin retorno. Me dijo que quería andar conmigo y yo le dije de manera irrefutable (y sin conciencia de que las convicciones valen de poco y de que de haber corrido, hubiera podido salvar el pellejo a tiempo) que no quería andar con un drogadicto.

 

Ya está. Él prometió no volverse a drogar y yo se la creí completa. Me lo juró varias veces y a partir de ahí empezamos a salir. Curioso que de un momento tan remarcable él conservase tan pocos recuerdos debido al black out del alcohol y las drogas, pero la vida no siempre es lo que esperamos de ella. 

 

Dejando quejas a un lado, tengo que decir que ha sido de las historias que más me han marcado en la vida. Nunca olvidaré esa forma de decir te quiero, ese aire de querubin trasnochado y ese cuerpo de vagabundo. Ni tampoco esa forma en la que decidió no llevarme consigo.

 

La magia duró sólo siete meses. Porque pasado ese tiempo, él estaba que se lo llevaba el carajo. Yo no tenía idea de qué estaba pasando hasta que sucedió lo que a todo drogadicto le suele suceder después de un tiempo: le dieron ganas de recaer.

 

Yo me enteré de forma despiadada. Él terminándome, aceptando de forma abierta que quería volverse a drogar y que como no quería faltar a su palabra, mejor ahí la dejáramos. La crueldad fue desmedida pero hoy admiro su palabra y la decisión consciente de mandarse a la mierda, y de comunicarlo de forma tan asertiva.

 

Este relato no sería honesto por completo si yo no aceptara que esos años de mi vida fueron especialmente difíciles. Era yo una briaga sin remedio. No tanto para empujarme una botella de whisky en una tarde pero sí para bailar sin culpa “Pásame la botella” con un litro de vodka de la Camelia en la mano. Y eso muchas veces me explotaría en la cara. Así como me explotó años después mientras desayunaba con mi mejor amigo, cuando ya llevaba años de haber terminado con el citado señorito y cuando, por difícil que parezca creerlo, ya prácticamente había dejado de beber. 

 

Fuimos a comer pancita a un puesto de la calle en el que ya somos clientes frecuentes. Como de costumbre, nos estábamos riendo de cualquier trivialidad, hasta que él, sin saberlo, soltó la bomba.

 

–¿Te acuerdas de ese día que te llevé a ese billar en la Del Valle buscando a X y armaste un desmadre monumental?

 

Risas, risas, risas. Una búsqueda suya sin éxito por encontrar risas cómplices mías. 

 

–No. ¿Cuándo? Le dije, tragando baba como si fuera aceite.

 

–Ese día que te recogí en el metro y venías borrachísima –bueno igual tampoco era raro– pero fue ese día que seguimos tomando en el coche y que luego me pediste que te llevara a ese lugar que ni me acuerdo cómo se llama.

 

–De que me recogiste en el metro sí me acuerdo y del coche también pero no lo demás. –le contesté.

 

–Ja, ja ja. Saliste llorando y armándole a X una grande, ¿Cómo no te acuerdas? –Me dijo divertido y zanjó el asunto dándole una cucharada a su pancita.

 

Para él quizá, no para mí, porque seguí tratando de hacer memoria y recordar ese día en el que entre a un billar de la Del Valle y del  numerito que seguramente armamos los dos, porque intuyo que él tampoco estaba muy sobrio que digamos. Al menos pensarlo me sirve para consolarme y paliar un poco mi cruda moral.

 

La realidad es que a marchas forzadas, logré recordar muy poco de cómo ese día mi vida se fue de blanco a negro.

Intenté subirme a la mesa pero él no me dejó, creo recordar. Le dije que lo amaba una y otra vez y que no me dejara. Todo lo recuerdo como detrás de una masa acuosa de lágrimas y mocos que con trabajos podía quitarme del rostro. Salimos gritando del lugar y él al final lloró y me dijo que no lo volviera a buscar. Esto podría ser ficción porque todo lo recuerdo como un conjunto de sombras que de tanto en tanto se van a negros.

 

Hoy han pasado más de diez años de eso. Él hasta donde sé es un empresario exitoso y no tengo idea de si ya dejó de drogarse pero algo tuvo que haber dejado para llegar a donde está ahora. Incluida yo.

 

Cuando pienso en ese episodio del billar confieso que me una vergüenza y unas ganas de desaparecer al instante. Pero luego, cuando pienso que a los veinte años es tan fácil irte detrás de un culo que te haga ojitos y mucho más si son verdes, y entonces, se me pasa. 

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