Cómo te voy a olvidar

 

 

 

Mis amigos, egresados casi todos de escuelas privadas, se frotaban las manos pidiéndome que les contara mi nueva aventura de la semana.
El cliché con el que crecimos los clasemedieros mexicanos que se gestó con la película dosmilera de Fernando Sariñana, Amar te duele, en el que Ulises y Renata paseaban por la ciudad, ella confesándole que no conocía Chapultepec y él que nunca había ido al mar, parecía tomar forma cada vez que yo tocaba el tema. Fulano y yo comiendo en un puesto del mercado Hidalgo y paseando por la Doctores tomados de la mano.

Ni siquiera era yo una chica rica como Renata –interpretada por la ya famosa por enseñar el torso en cada una de sus películas, Martha Higareda– pero ese tipo de historias arrancaban las más estruendosas carcajadas cada vez que las contaba.

Yo era una clasemediera a la que si su mamá no le hubiera ayudado a reducir el precio de la renta, no podría pagarse un alquiler en la zona en la que vivía y él, un chico de uno de los municipios más pobres del Estado de México que contra toda dificultad había logrado titularse, encontrar un trabajo decente y que tenía la ilusión de ir por mucho más. El contraste burdo de las varias realidades que tienen al país entre los más desiguales; el México en el que vivimos.

Pero al calor de las copas, la crueldad de una generación a la que ni siquiera le alcanza para pagarse una hipoteca pero tiene el dinero suficiente para pagarse una borrachera en la Roma o la Condesa puede ser inconmensurable.

Un día, continuando con la chacota, un amigo me mandó la liga de una standupera titulado “Mi vida con un chacal”. Y la realidad es que la standupera tenía razón a la hora de explotar el cliché: Fulano tuneaba coches (a mí me encantaba subirme en su carchachita coche antiguo) y sabía arreglar electrodomésticos, una labor muy encomiable: la mayoría no sabemos ni lavarnos los calzones.

Pero sobre todo tenía razón en algo:  El corazón le latía gloriosamente como una cumbia de Los Ángeles Azules cada vez que yo me le recargaba en el pecho. En esos tiempos, el amor cabía en una cumbia cada vez que bailábamos, tomábamos caguamas en fiestas de sus amigos, nos besuqueábamos por todos lados y a todas horas y terminábamos en mi departamento cuando le faltaba poco para amanecer.

(Por cierto, me encanta el soundtrack y la película)

Y hasta aquí todo sonaba a ensueño. Todo este numerito de Ryan Gosling y Rachel McAdams en “Diarios de una pasión” podría dar esperanzas a quien pocas tiene en el amor, pero la primera lágrima llega, inesperada pero certera, escupiéndote a la cara que la historia no va a terminar con Fulano como Ryan Gosling, cuidándote amorosamente en un asilo de ancianos, aún a pesar de que tú no te acuerdes ni de cómo ir al baño.

Hasta que derramas la primera lágrima, te das cuenta de que creer que lo que realmente vale es el amor, fue de los primeros sinsentidos que aprendiste viendo junto a tu nana María Mercedes o Corazón Salvaje cuando tenías siete años.

No es que el dinero importe o que las clases sociales dividan de forma irremediable, sino que el amor nunca es suficiente. Al principio eso me era un hallazgo, hoy es una triste ley de vida que se aprende en la jungla. Y es que a veces, el amor simplemente es doloroso como un tatuaje en las cosillas que se puede prolongar por años.

En este caso, nos conocimos en un mal momento para ambos, y ese bebé nació muerto.  Después de tiempo de haberlo dado por perdido, tengo que reconocer que enamoré como pocas veces y sufrí como casi siempre: por pura necedad.

Yo me acababa de separar del chico con el que viví durante casi tres años; él tenía una prometida con la que cinco meses después se iba a casar. Un par de semanas después de que nos conocimos y de que a partir de ahí empezamos a escribirnos todo el tiempo, tuve a bien preguntarle si tenía novia.

Tengo que admitir que sólo lo hice por curiosidad, porque esos ojitos tristes no me conquistaron desde el principio, sino que yo tenía la idea de que podríamos ser buenos amigos. Cuando me contó del compromiso de matrimonio, yo no le vi tan convencido y abrí la boca antes de prender el cerebro: si no estás convencido, mejor no te cases, así de compas te lo digo, no lo tomes a mal, pero mejor quizá deberías posponerlo y estar seguro antes de hacerlo, mira que… Bla Bla, bla.

Para cuando unos días después volví a preguntar sobre el tema, él ya la había terminado porque ella no había querido postergar el compromiso. Tris, tras. Se acabó.

Desde entonces, me dejé ir como gordo en tobogán, esperando insomne cada mensaje suyo y celebrándole el más pequeño logro. Claro que de eso me di cuenta tiempo después, cuando ya me había embarrado hasta los bigotes. Entonces yo todavía pensaba que era un amigo con el que me escribía todo el tiempo, con el que jugaba a las confesiones y con el que me iba tomar cerveza varias veces a la semana. Con abracito prolongado al despedirnos. Amigos, solamente amigos y nada más…

Amigos hasta que un día se nos pasaron las cucharadas y terminamos golpeando la cabecera de mi cama de forma tan rítmica y estruendosa que al otro día él ya no sabía cómo salir de mi departamento sin temor de que los vecinos pudieran reconocer al individuo que hizo a su vecina gritar como si la estuvieran matando. Temiendo de que mi entonces roomie nos hubiera escuchado y lo mirara con ojos inquisidores por el escándalo de anoche. Así es él, penoso, reservado. Pero también rencoroso y un cabrón redomado.
Nada tan palpitante como un corazón hecho pedazos por un amor estruendo que pasó sin que pudieras siquiera meter las manos. La falacia de que éramos amigos la tratamos de alargar hasta que un día me contó que se había cogido a su ex y yo terminé llorando en el baño de un bar y bloqueándolo en WhatsApp. La historia podría hacerse tan larga como quisiera contarla, porque estuvimos cerca de tres años en un vaivén que nos costó mucho más de lo que a ambos nos gusta aceptar. Al menos a mí.
Para él supongo que no fue fácil aceptar que era posible que se hubiera fijado en alguien como yo. Porque yo era una niña muy fresa a la que sólo le faltaban las cortinas de su habitación ( la luz nos entraba lastimosamente por las mañanas) para tener una vida perfecta. Porque yo había viajado (¿?), tenía un trabajo flexible que me permitía vivir en un departamento increíble (como dije al principio, en el cual yo no habría podido vivir sin ayuda de mi madre), porque vivía muy cerca de la oficina, porque no tenía una hermana enferma como él en ese entonces, porque afuera de mi casa no había gente moneándose, porque porque…

 

Un día recibí el argumento porque yo osé quejarme de que había ganado un lugar en la Universidad de Salamanca en España para estudiar una maestría pero no había ganado la beca y había tenido que declinar el lugar. Me sentía muy triste al perder un lugar en una de las universidades más prestigiosas de habla hispana y con sus reclamos a modo de consuelo él se encargó de hacerme sentir miserable con mis aspiraciones de clase media. Una amiga muy aguerrida se indignó porque eso, dijo, era discriminación hacia arriba.

 

Con este detalle no quiero decir que solamente él se equivocó en ésta. Muchas veces yo la jodí también pero soy demasiado complaciente conmigo misma y no las tengo en la memoria. Bueno sí, tengo una muy grabada. Después de la segunda vez que tuvimos sexo y de que todo pintaba a ensueño, le dije que no quería nada serio.

 

Antes de tener su dedo acusador apuntando hacia mí, lector, tengo que mencionar que durante los casi tres años que estuvimos en esta montaña rusa, el karma se encargaría de hacerme pagar mi crueldad una y otra vez y de que yo pedí disculpas por ello muchas veces. Porque la realidad es que ese momento se le clavó en el pecho y él se encargó de recordármelo muchas veces.

 

Bull shit. Yo sólo quería seguir bailando Los Ángeles Azules. Pero el sube y baja duró tanto tiempo más. Un día me presentaba a su mamá, otro día se me desaparecía para un días después escribirme y enfurecerse porque lo dejaba en visto en el WhatsApp (ya lo había desbloqueado, así duramos quizá un año o dos). Después me pedía disculpas, por supuesto yo lo perdonaba y todo empezaba con un beso, con un chin chin de copas y varios azotones de cabecera. Un vaivén de arriba a abajo en el que yo no tenía duda de que Amar te duele.

 

A mí me hubiera encantado la idea de llevarlo a casa de mi familia y presentarlo como mi novio. No tengo duda de que el amor de madre clasemediera conservadora de mi mamá es tan grande como para, en ese encuentro hipotético, poder haber superado la sorpresa de los tatuajes de sus brazos, los cabellos pintados, las perforaciones en varios lugares del cuerpo, los pantalones de cholo y los zapatos bicolores. Yo lo amaba así completo.

Pero la realidad es mucho más cruel. Nunca estuvimos seguros de nada más que de la manera en la que nos queríamos tanto y aún así habíamos fracasado. Al menos yo nunca tuve duda. Y me aventuro a pensar que él tampoco. Algunas veces me dijo te quiero. Nunca se me va a olvidar la primera. Tan cristalina que pude sentir cómo me vibraron las entrañas.

Casi un año después de haber sostenido nuestra última conversación en persona –donde más sino en la cama– antes de irme de viaje otra vez, de que me hubiera dado un detalle que me trajo de un viaje de vacaciones y de que hubiéramos quedado en paz (al menos para ese entonces), coincidimos en una reunión. Se me acercó apenas me vio y comenzó otra vez la espiral de siempre. Esa electricidad que se activa cuando clavo la mirada en sus ojitos tristes seguramente nunca se va a acabar. Por más que se haga los cambios de look más desastrosos que se haga.

 

Un trago, dos tragos. Un reclamo o dos. Para ese entonces, cabe decir que ya me había dejado otra vez llorando en el baño de algún bar o de la oficina. Como dije, esta historia se puede hacer tan larga como se quiera.

 

No terminamos en mi casa como siempre pero terminamos en la suya. Pidiéndonos disculpas entre beso y beso, diciendo cuánto nos hubiera gustado que funcionara, preguntándonos en la cama, entre azotones, si nos habíamos extrañado. Antes de quedarnos dormidos me le recargué en el pecho. Pero me quedé dormida poco antes de que amaneciera y ya no supe si como siempre, sonaron Los Ángeles Azules.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. novarosales dice:

    MUY HERMOSA TU HISTORIA Y BIEN CONTADA. ME HA GUSTADO MUCHO.

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    1. Mino dice:

      Que los lectores conecten y queden con algo dentro es de las mayores dichas para quien escribe. ¡Muchas gracias!

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