Hasta que las heridas sanen

 

 

 

Era una noche de abril cuando no te volví a ver. Ese día la pasé con los que entonces eran mi círculo más cercano, lamentándome de que fueras un cobarde, bebiendo no pocas cervezas, escuchando historias similares que más que causarme dolor me causaban la certeza de que siempre hay alguien peor que uno. Hablábamos sin dejar silencios y asentía al mismo tiempo que recriminaba la maldita suerte que nos tenía sumidos en una cantina pestilente de puertas flotantes a las dos de la tarde en martes. (O era viernes, no lo recuerdo ya).

Me convencieron. Que si te amaba fuera por ti, que si realmente lo hacía te lo fuera a gritar en el rostro, que si no me iba a arrepentir. No tardaron más de dos horas para convencerme, y contra todo dejo de prudencia, fui a buscarte. Pasé a mi casa y apresurada mudé mis ropas, me perfumé el aliento y miré tergiversado en el espejo mi rostro. No lo dudé ni un momento aunque ahora, a años de distancia, me pregunto por qué no lo pensé más de una vez. Ya ves, cuando uno es joven e inexperto se va atrás de cualquier culo que le haga ojitos.

Emprendí rauda, el camino que me llevaría al lugar que se convertiría al final de esa noche en mi matadero de puercos. Llegamos. Sí, llegamos porque no iba sola. Me vino a bien llevar a toda la raza alcoholizada tras de mí. No me atreví a dar la cara de manera abrupta; llevábamos ya tiempo de habernos dejado y no me atreví a andar sola. Mandé a uno a llamarte por teléfono para obligar, a que bajaras del quinto piso en el que vivías en esa colonia tan bonita que está al lado del bosque de Chapultepec. Por cierto, hubiese querido no pararme nunca más por ahí pero resulta que el destino se ha empeñado en enseñarme su peor cara haciendo tu casa parte de mi camino diario, así tenía que ser.

Bajaste las escaleras llevando tu rostro imberbe como bandera, y esos ojos verdes de pantera que nunca se me van a olvidar. Nos enfrascamos en una empecinada discusión que flotaba entre los mocos que me escurrían sin parar y que yo limpiaba con la manga de mi suéter negro.

Repetiste varias veces que querías seguir tirándote a la mierda, que no querías romper la promesa que me hiciste el día que nos conocimos en el que traías ya encima una botella de whisky, la cuál en letras grandes decía que no te volverías a drogar mientras estuviéramos juntos y en letras chiquitas que sería momentáneo y que de darte las ganas de hacer lo contrario me dejarías. A la distancia, admiro tu honorabilidad y fidelidad de palabra.

Todo está en mi cabeza como una masa acuosa que no me permitía ver sin tener que frotarme los ojos. Prometí que no te volvería a buscar, y como mi palabra era fuerte, lo cumplí. No lo hice nunca más no por hacerte la vida fácil sino porque de hacerlo sabía que me volvería loca. Lo último que me dijiste fue: “ Nos vemos cuando las heridas sanen”. Y no nos volvimos a ver.

Preferí dejarte buscando líneas perdidas de polvo blanco en la parte trasera de tu auto y no es que esté mejor ahora sin ti, tampoco es que las heridas sigan abiertas, es que de manera inevitable y de las maneras más exóticas esos ojitos verdes de pronto tintinean en medio de la noche. Ya ves, cuando uno es joven e inexperto se va atrás de cualquier culo que le haga ojitos.

Hoy hace exactamente cinco años ya de eso. Las coincidencias no existen.

 

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