Gael García después de una noche de copas

 

“Fue una noche de copas, una noche loca, besé otros labios, olvidé tu boca, manché tu imagen, me perdí yo sola, y esa es la historia”

María Conchita Alonso

Ni los millennials ni mucho menos los centennials recordarán la canción porque para cuando la cubana (luego nacionalizada estadounidense) cantaba  “Una noche de copas” con un sentimiento tal para hacerle los ojos cerrar, ellos ni siquiera habían nacido, pero María Conchita lo dice cantando y describe de manera certera la manera en la que conocí a Gael García en una cancha de futbol un domingo por la mañana después de una noche de copas, en la que me dejé llevar por los estragos de un corazón roto.

 

En ese tiempo estaba enamorada de un hombre casi 20 años mayor y con varios hijos por delante. Esa historia es tan larga como lo fueron los más de cinco años que estuve enamorada de él, pero basta decir que en esos tiempos tenía el corazón hecho pedazos y que no hacía nada para salir del bache, sino que me esforzaba inconscientemente por embarrarme más del fango en el que ya chapoteaba.

 

Así que en consecuencia, me involucré con otro hombre también mayor con el que tampoco había ningún futuro. Un día lo  acompañé a una cena con amigos y  terminé quedándome con él esa noche.

 

Al día siguiente, desperté con la resaca existencialista según la describe ese cómic español maravilloso, la Moderna del Pueblo: ayer te bajaste media botella de ron y al otro día te preguntas si el vaso está medio vacío o medio lleno; con el mood existencialista de preguntarte de dónde venimos y a dónde vamos. 

máster en resacas

Reflexiones a un lado, estaba ahí en la cama con ese alguien que hablaba y hablaba de su próximo libro y que alegaba tener que jugar un partido de fútbol en el Ajusco. Y peor aún. Que insistía en que lo acompañara. Tanto insistió que decidí que podría ponerle pausa a la reflexión interna que traía revolviéndome la cabeza en silencio y retomarla para cuando estuviera sola, después de acompañarlo a su partido de fútbol. Además tenía hambre. Así que emprendimos el camino hacia lo que más tarde me daría cuenta sería uno de los momentos más incómodos jamás atravesados hasta mis entonces 23 años.

 

Llegamos al campo, yo entaconada, vestido y mallas de un día anterior. Las esposas de los jugadores en tenis, poniéndose de acuerdo para gritar porras y conversando sobre cómo iba la vida escolar de sus niños. Yo, sola, sentada en una banca con ganas de desaparecer ipso facto, ante las miradas de indulgencia de quienes comprenden en silencio que esa pobre mujer con el rímel corrido seguramente apenas recordaría el nombre con apellidos del jugador que venía acompañando. Para entonces, el sol ya taladraba mi cabeza con toda su crueldad.

 

Y entonces, como alucinación por la falta de sueño y por la deshidratación, apareció Gael García enfrente de mí. Sí, el protagonista de esa película rompedora de nuestra adolescencia, “Y tu mamá también”. Ese, el de los ojos verdes y la sonrisa transparente. Ese que es un hito del cine mexicano y que me ha hecho arrancar suspiros –claro, no sólo a mí, sino a millones de mujeres–. Apareció saludando muy amable, abrochándose las agujetas enfrente mío y para hacer conversación, preguntando a quién venía yo acompañando. Yo alcancé a balbucear un par de frases para salir del paso, y así como llegó se desvaneció en el campo de fútbol.

 

Por supuesto, no me enteré ni de cómo quedaron. Tenía un hambre y una sed que me retorcían las tripas. Terminó el partido. Aquél quería quedarse a desayunar con su gente pero me las arreglé para que nos fuéramos de ahí de inmediato, porque yo podía ser una cualquiera pero no para que Gael me viera con el rímel corrido otra vez. Para esa hora mi cabeza amenazaba con salir corriendo sola.

 

Subimos al auto, prendí el radio y le di un trago largo a la botella de agua que había olvidado.

 

“Si te conté que juego fútbol con Gael García y con Diego Luna, ¿no? Sólo que Diego no pudo venir hoy porque tenía grabación”, me dijo con una sonrisa cómplice y como para hacerse el listo. 

 

Para entonces la cabeza me daba vueltas  entre alcohol, la noche loca, una cancha en el Ajusco y un hombre que no era del que yo estaba enamorada. Y así empezó esa historia, en la que hubo muchas otras noches de copas con aquel escritor (ya sin mañanas con Gael García) y en la que uno de los dos acabó llorando. Pero ésa es otra historia que valdrá la pena contar después.

 

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